viernes, 7 de enero de 2011

Por los cielos

Los viejos edificios del barrio de la Barceloneta escondían el apartamento de Sparrow. El apartamento, haciendo contraste con todo su alrededor, pertenecía a uno de los nuevos edificios que se estaban construyendo en ese barrio. Era un edificio muy moderno, incluso futurista, parecía hecho de papel albal, colmado de ventanas con marcos verdes chillón, parecía una nave espacial.
Bajamos de la moto y entramos en el edificio.

2ºB. El interior del piso era.... era soso. No habían apenas muebles, en una de las cuatro esquinas de la sala principal había una pobre estantería blanca que soportaba el peso de una guía de teléfonos. En el centro de la sala un sofá con pinta de haber vivido ya muchos años y de haber acariciado ya muchos traseros parecía pedir a gritos que le cambiaran sus sucias fundas. Eso sí, delante del sofá una magnífica televisión de plasma de vete tú a saber cuantas pulgadas gozaba de ser lo más valioso de la sala. Pero la sala tenía algo aún más maravilloso que la tele y es que en una de sus paredes (situada a la derecha de la pobre estantería blanca) reposaba tranquila y feliz una grandiosa ventana con vistas a una de las bonitas calles de la Barceloneta, edificios viejos con la pintura saltada se podían ver por ella, balcones repletos de geranios y bares pintorescos eran otros de sus platos fuertes y si mirabas hacia arriba se podían intuir la grandes y pesadas grúas del puerto que a cada hora levantaban los contenedores traídos por los barcos.
-Aún falta decorar todo un poco, hace tan sólo unas semanas que me mudé.
-Las vistas son increíbles.
-Por ellas me decidí en alquilar este piso-dijo mientras me tendía una copa de cava.
Estuvimos hablando un buen rato y tomando una o dos e incluso tres copas más sentados en ese sofá, que aunque me daba grima, merecía la pena sentarse junto a él.
Puso algo de música, italiana, creo... la verdad es que de lo que menos me acuerdo de esa noche es de la música.
A fuera la brisa del mes de marzo corría por las calles sin ningún tipo de deparo, podíamos oír cómo bailaban las unas con las otras las hojas de los árboles, de vez en cuando alguna moto circulaba por las callejuelas pero nosotros parecíamos los únicos despiertos en ésa sorprendentemente cálida noche.
Pasamos a su habitación, la verdad es que esa noche no me quedé con su aspecto, recordaba que las sábanas tenían el mismo color que el vino y el techo era blanco, pero no fue hasta las posteriores visitas que hice a aquella habitación que me fui familiarizando con sus rincones, sus colores y los pequeños detalles tan curiosos de su propietario presentes en ella.
Esta primera noche que pasé en esa cama junto a él fue de las mejores de mi vida. Recuerdo revolcones, caricias, ternuras, mordiscos, roces, miradas y sobretodo.... recuerdo volar.
Marina

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