viernes, 4 de marzo de 2011

Mientras dormía...


Era un lugar idílico. Rodeado de montañas se encontraba el lago de aguas cristalinas y en medio, envuelta en sus aguas, me encontraba yo. No había nadie conmigo allí y yo nadaba, jugaba a dibujar ondas en el agua con las puntas de los dedos y a aguantar lo máximo posible debajo del agua porque al sacar la cabeza de ella una seductora brisa llenaba mis pulmones y me hacía sentir completamente viva. No había ningún ruido que no fueran mis chapoteos o los pájaros que volaban de un árbol a otro. Tenía el cuerpo, despojado de cualquier ropa y hundido bajo el agua pero mantenía la cabeza fuera y con los ojos cerrados dejaba que la pequeña corriente de agua que había me llevara y me arrastrara a dónde fuera, porque ese lugar era seguro. Abrí los ojos, el sol, cerré los ojos, los volví a abrir, una pequeña nube que atravesaba el cielo, los cerré, los abrí y vi a las hojas de los árboles moverse, cerrados, cerrados, cerrados, un destello de luz se posó en mi mirada aun teniendo los ojos cerrados, los abrí y la luz, ahora deslumbrante e hiriente del sol, me cegaba, la corriente empezó a arrastrarme más fuerte, notaba que me cogía de los pies y los estiraba hacia dónde ella quería, me dolía mucho, me hundió en el agua, no podía salir, no veía nada, se me acababa el oxígeno y aquello no paraba de coger y tirar de mis pies, me los hubiera arrancado si hubiera podido. Pero de repente, algo seguro y nuevo, aunque en el fondo conocido, me cogió de la mano y me llevó hacia él, la corriente se fue y mis pies quedaron liberados, saqué la cabeza a la superficie y respiré de aquella brisa que antes se me antojaba fresca y que me llenaba de vida. Miré hacia mi alrededor pero no vi nada, ni un rastro de aquello que me había salvado de la eternidad de las aguas. Una nube pasó delante del sol y entonces lo pude ver, algo o alguien nadaba hacia la orilla opuesta a donde estaba yo. Empecé a nadar y aunque sea totalmente incompatible, llegué a volar en el agua sólo para llegar hacia esa figura que se movía ágilmente. Cuando la tuve más cerca pude ver que esa figura era una persona, un hombre en la orilla del lago de espaldas a mí. Me puse en pie y me aproximé lentamente hacia él, me quedé unos segundos quieta y luego, le abracé quedándonos así unos largos, acogedores y únicos segundos. La nube se apartó del sol y quedé otra vez ciega en medio de la luz, pero le notaba, estaba allí aunque no le viera. Le besé lentamente la espalda hasta llegar a su cuello, se giró y me acarició la cara con sus manos, me puso mi mojado pelo detrás de las orejas, me besó en la frente y se fue, caminando y sin mirar atrás. Intenté llegar otra vez hacia él, pero no conseguía llegar nunca y sin más, le perdí de vista. Y yo me quedé allí, otra vez sola, con la brisa fresca y los pájaros volando de un árbol a otro pero ahora el agua estaba fría, gélida y ya no daba ningún gozo bañarse en ella.
Desperté en mi cama, estaba lloviendo y el agua de la lluvia entraba por la ventana de mi habitación, estaba fría, gélida.
Marina

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