domingo, 6 de junio de 2010

Una voz



Es curioso como los instantes más apasionantes de tu vida suelen ser también los más torpes.

Un caluroso día de finales de febrero (sí, el tiempo estaba loco) me encontraba esperando el autobús que me lleva a mi universidad con los nervios a flor de piel y memorizando unos libros que había abierto demasiado poco, tenía un examen muy importante para el cual no había estudiado lo suficiente y para el cual por culpa de mi despertador iba a llegar tarde.

Se me hizo eterna la espera así que para relajarme y entretenerme busqué en el bolso a mi mayor vicio, allí estaba ella, tan elegante con su lazo azul, tan delgada de piernas y tan redonda de cabeza, dura pero dulce a su vez, allí estaba mi piruleta. Las colecciono, tengo decenas de piruletas en mi habitación, me gustan de todos los sabores y aunque más de una vez las he intentado dejar para bajar la factura del dentista, no he podido. Ese día mi piruleta era de kiwi y naranja, además ya llevaba en la boca un chicle de menta así que era la combinación ideal para tan sofocante día.

Después de 20 minutos de espera llegó el autobús, me costó sacar la tarjeta con la mochila en la espalda, los enormes libros de psicología de la personalidad en la mano izquierda, las gafas de sol en la mano derecha y mi bolso en el hombro, cuando por fín la encontré y pude acercarme al marcador para pasarla... ¡ocurrió ese segundo!, esos ojos suyos, la sustitución del sabor de mi chicle de menta por el sabor de sus labios, el olvido de mi importante examen, las pecas de su brazo y mi tembleque de piernas.... ¡PAF! me caí de morros al suelo, ¡¡maldito tembleque de piernas!!, mis libros volaron por el autobús y me cayeron encima una vez ya estaba tirada en el suelo, mi bolso quedó debajo de mi pierna clavándome las llaves de casa, mi mochila me pesó más que nunca, me tragué el chicle y mi piruleta... ¡me destrozó el labio!.

Fue horrible, no me paraba de sangrar el labio, estaba manchando de sangre mi blusa preferida y para colmo se me había roto el pantalón. La gente, además no ayudaba, unos intentaban disimular la risa, otros iban dormidos y otros, los peores, pasaron de mí.
Yo con mi autoestima por los suelos me levanté, recogí mis libros, me coloqué el bolso, dejé la mochila en el suelo y maldije con todas mis fuerzas a aquella estúpida piruleta de kiwi y naranja.

Pero entonces me di cuenta de que había hecho el ridículo más grande de toda mi vida delante de uno de los pocos chicos que me quitan la respiración con tan sólo mirarlos y que encima él había sido espectador de honor a tan lamentoso circo pues lo había podido ver con todo lujo de detalles. Bien, Marina, muy bien, olé por ti.

Y entonces, cuando parecía que iba a ponerme a llorar allí en medio por el ridículo hecho y el dolor que sentía en mi pierna y en mi hinchado, sangrante, entumecido y roto labio...... una voz: -¿Estás bien?, toma un pañuelo, tápate bien el labio para parar la hemorragia, menuda caída.


¿Ocurriría un milagro?¿Podía la cosa mejorar?


Marina

2 comentarios:

  1. Hola wapa!!!

    Hace mucho q no te comento XD
    Q podria decirte mARIna, q me gusta mucho?? Me encanta la historia y qiero leer lo proximo ya!! Así q venga a escribir.

    Besos**

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