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domingo, 1 de mayo de 2011

Esta vez sí

Fueron las dos semanas más largas de mi vida. Por la mañana, al despertarme, todo se me hacía cuesta arriba porque significaba que aún tenían que pasar X días hasta poder ver a Miguel, las clases eran aburridas ni siquiera Tina me las podía animar, las tardes eran peor porque tenía que estudiar sin ganas y con la cabeza más en Gràcia que no en el libro que tenía delante y por las noches sufría pequeños episodios de insomnio que por suerte se arreglaban con dos valerianas. Ahora entendéis por qué fueron unas pésimas semanas, ¿verdad?.

Pero por suerte ( o por desgracia ), todas las cosas tienen un tiempo limitado y esas dos semanas no iban a ser una excepción. Ese lunes desperté contentísima, desayuné como nunca y hasta le di un beso de buenos días a Martí, las clases pasaron rápido y ese día Tina parecía estar envuelta en un aura que con tan sólo mirarlo una oleada de carcajadas te salían de lo más interior de tu ser.
Una vez en casa me senté a leer un ratito pero en 40 minutos no pasé de página ni una sola vez pues tenía algo en el estómago con lo que se me hacía imposible prestar atención a la historia, finalmente desistí y dejé el libro encima de mi cama. No sabía qué podía hacer para entretenerme así que me decidí a ir andando hasta Gràcia ya que eso seguro que me entretendría y así haría estómago para poder comer unos buenos tallarines al pesto en el restaurante de Miguel.

Por uno de esos caprichos del destino esa semana se estrenaba la nueva entrega de "Piratas del Caribe" así que en todas las paradas de autobús y en todas las marquesinas con las que me cruzaba por el camino aparecía el rostro del Capitán Jack Sparrow y cada vez que lo veía se me aparecía la sonrisa pícara de mi particular Capitán. Decidí que eso no estaba bien ya que en cuestión de minutos iba a ver a Miguel así que me pasé el resto del camino mirando hacia los adoquines de las calles. Así, unos adoquines hexagonales y con dibujos de Gaudí me indicaron que ya estaba en Passeig de Gràcia y que tan sólo tenía que callejear un poco más para llegar al restaurante.

A eso de las 20.30 mi mano derecha se encontraba girando el pomo del restaurante mientras que en la mano izquierda tenía cogida fuertemente la bolsa en la cual llevaba el jersey de Miguel. Conté hasta tres antes de abrir la puerta, estaba algo nerviosa... uno, doooos, dos y medio, dos y tres cuartos, dos con nueve, dos con nueve períooodo y cuando ya se me acababan los número para llegar hasta el tres la puerta se abrió para dentro y yo, que estaba bastante apoyada en ella... caí a cuatro patas sobre el suelo del restaurante. Por suerte, nadie pareció haberse dado cuenta y tan sólo tuve que recibir las atenciones del camarero que había tirado de la puerta debido a mi indecisión para hacerlo.

-Vaya, lo siento, ¿está bien?- dijo casi de carrerilla el camarero que había abierto la puerta.


-Sí, creo que no me he hecho nada - y entonces me dí cuenta de que el labio me sangraba un poco. El camarero debió percartarse también y me acompañó ambclemente hasta el baño de mujeres. Cinco minutos después salí del baño sin sangre en los labios pero con la dignidad por los suelos.


-¿Quieres quedarte a cenar? invita la casa por lo ocurrido-. Pobre camarero, creo que se veía con una denuncia puesta.


-No, no qué va. Bueno, sí, me quedo a cenar pero tranquilo, no hace falta que invite la casa-. El camarero de acento cubano me estuvo insistiendo durante más de dos minutos y finalmente llegamos a un acuerdo, el restaurante me invitaba a las bebidas. Después del regateo me acompañó hasta mi mesa y me pidió rápidamente nota.-Unos tallarines al pesto y un agua natural de grifo, gracias-. El camarero después de indignarse por el agua y de reír por lo bajo se fue hacia la cocina para anunciar mi pedido.

Si la primera vez que vi aquel restaurante se me antojó como un lugar desconocido, por aquel entonces ya se me antojaba como un sitio familiar.
Sorprendentemente lo primero que hice no fue buscar desesperadamente a Miguel, sino comer un paquetito de palitos de pan que había al lado de los cubiertos y aunque la sal de los palitos hacía que me escocieran un poco los labios hay que reconocer que estaban deliciosos. Después de esto, ya sí que empecé a mirar, disimuladamente, hacia todos los lados del restaurante, pero no había ni rastro de él. Empecé a preocuparme e intenté autoconvencerme de que si me habían dicho que iba a estar sólo dos semanas de baja iban a ser dos semanas, ni un día más, ni un día menos y que hoy ya tenía que estar trabajando. Decidí pensar en otra cosa y entonces me percaté de que esta vez no había notado el olor de salsa a los cuatro quesos que siempre ronda en la atmósfera del restaurante, así que me concentré y concentré hasta que por fin me percaté de ella y supuse que no la había notado porque mi olfato ya se había acostumbrado a ella. También me obligué a pensar en el examen que tenía en dos días y del cual sabía que nadie iba a salir vivo porque la Peláez nos iba a escarmentar por nuestro comportamiento, ya que no parábamos de hacer bromas con los nombres de los fármacos, como por ejemplo "lapdelpeltiubdeal" que era un estimulador del ánimo y el nombre del cual recodábamos gracias a esta oración "la pesada de la Peláez tiene un bigote descomunal". Pero como humana que soy caí en la tentación de volver a preocuparme por la ausencia de Miguel, llevaba ya más de 20 minutos en ese restaurante y aunque yo no le hubiera visto, él ya me habría visto a mí y me habría venido a saludar, en teoría. Pero de repente, cuando ya no me apetecía estar allí y muchos menos me apetecía ese plato de tallarines al pesto una copa de vino rosado apareció en mi mesa, miré a mi derecha y allí estaba él, allí estaba el chico de las pecas en los brazos, allí estaba Miguel.


-¿Siempre tienes que entrar a los sitios haciendo numeritos?-. Una sonrisa dulce y divertida asomó en nuestros respectivos labios aunque los míos aún estuvieran algo resentidos del golpe contra el suelo del restaurante. Empecé a recordar mi estrepitosa caída en el autobús y en la del restaurante y empecé a ponerme un poco roja.


-Ya ves, las buenas costumbres nunca se abandonan.-Respondí algo avergonzada.

-Tienes mucha razón, por eso te he traído este vino rosado, como en nuestra cena.- y se frotó el labio inferior con el superior, un gesto que ya había hecho a menudo y que a mí me encantaba.

-Desde luego es mucho mejor que el agua de grifo que había pedido-.Repuse.

-Infinitamente mejor.- me miró fijamente a los ojos, me dijo un pequeño adiós con la mirada y después se fue a servir más mesas.

Aunque yo estaba segura que ese "adiós" con la mirada no era más que un "hasta luego".






Marina

martes, 29 de marzo de 2011

De visita

Al salir de clase siempre tengo una sensación que se debate entre la liberación y el cansancio, pero ese día era diferente. Me sentía pletórica, lo expresaba, sonreía todo el tiempo y el trayecto en el bus hasta llegar a casa se me antojó breve como un suspiro. Bajé del autobús de un salto, la cual cosa no fue nada fácil con los tacones que llevaba, subí las escaleras de mi edificio a una velocidad comparable a la de los trenes, introduje con precisión la llave, -Mamá! Papá! Despojo humano! Ya he llegado!!!, tiré la mochila sobre el suelo de mi habitación, escuché a Martí quejarse de mis "motes cariñosos" hacia él, me miré en el espejo del recibidor y lo que vi era bastante aceptable así que procedí, -Adiós mamá! papá! mugroso! me voy!! vengo para cenar!!, bajé las escaleras corriendo y sujetada fuertemente a la barandilla porque con esos tacones... podía morir en el intento, me introduje en la apelotonada boca de metro y después de estar esperando 5 angustiosos y calurosos minutos con sus respectivos 35 lentos segundos llegó el metro que me iba a llevar hasta Gràcia.


Durante el trayecto estuve pensando en si debía buscar a Miguel o a Sparrow... Miguel me había hecho pasar unas horas especiales, agradables, únicas pero me había practicamente abandonado después de la cena y quizá lo que pasara es que no quería volver a verme. Sparrow... me había refugiado cuando yo estaba más vulnerable, me había tratado genial y había pasado unas horas inolvidables bajo las sábanas de color vino, pero quizá para él no era más que otro pez al que pescar cuando éste está a punto de ahogarse.


Catalunya, Passeig de Gràcia, Diagonal... me acercaba ya a Fontana, ¿a dónde iba a ir?, al restaurante dónde trabaja de camarero Miguel, al restaurante hindú donde estuvimos cenando, al pub al que me sugirió irme a hacer una copa yo sola, a ese mismo pub dónde Sparrow me hizo sonrojar por la espuma de cerveza que tenía sobre los labios y dónde fui intoxicada por unos cacahuetes asesinos ¿o tendría que haber cogido el 59, haber ido hasta la Barceloneta y picar en la puerta del apartamento de Sparrow?, demasiadas preguntas para el minuto y medio que separa la parada de Diagonal y Fontana.



"Pròxima parada... Lesseps", ¿Querrían verme?, ¿Qué les iba a decir?, ¿Qué hacia si veía primero a Miguel o si veía primero a Sparrow?, ¡o peor! ¿Qué iba a hacer si me los encontraba a la vez?, Lesseps, ¿Lesseps?, ¿¡¡Lesseps!!?, ¿¿¿¿¿¡¡¡¡¡Cómo había podido pasarme de parada!!!!!???? mierda, joder.... bueno, tranquila te bajas aquí y retrocedes andando y en menos de cinco o diez minutos llegas a Fontana.... ¿Con estos tacones?, quince, quince minutos.


Veinte minutos más tarde me encontraba ya por fin en la parada de Fontana, tan sólo tres calles me separaban del restaurante dónde trabaja Miguel, y después de pensarlo mucho, decidí acercarme. Mientras caminaba empecé a recordar la noche de la cena con Miguel, el estado de nervios, curiosidad y miedo con el que poco a poco me iba acercando al restaurante y ahora, me sentía, quitando el miedo, de la misma manera. He de reconocer que tenía unas ganas locas de volver a verle, de oír su voz, de poder devolverle el jersey en otra cena como la que tuvimos, de reírme con él, de abrazarle y de volar a su lado.


"La casa di la pasta", aquí era. Miré el interior del restaurante desde fuera pero no vi ni rastro de Miguel, con cuidado abrí la puerta del restaurante y un olor a salsa de cuatro quesos volvió a inundarme. Pude ver a los camareros cenando juntos en una mesa, pues el restaurante aún no estaba abierto a la clientela.


-¿Querías algo?-me preguntó un señor mayor, algo barrigón, con el pelo blanco como la nieve y una barba bien cuidada. Iba vestido de camarero pero su traje era de diferente color al del resto de camareros, seguramente sería el encargado.

-Emmm, no, nada... ya me voy- eché un último vistazo pero Miguel no estaba en ninguna parte visible para mí del restaurante.

-Ah, bueno, abrimos dentro de una hora, ¿Quieres que te reserve una mesa?- ofreció el señor mayor a la vez que se levantaba de la mesa.

-En verdad estoy buscando a una persona, pensaba que trabajaba aquí.- sentí que había sido algo brusca al rechazar la invitación pero en ese momento tan sólo me importaba una cosa, ver a Miguel.

-Si me dices su nombre tal vez podemos ayudarte.-Sentí como todos los camareros me miraban de golpe.

-Busco a Miguel.-Noté como el semblante del señor mayor cambiaba.

-Miguel no trabaja ya aquí.-Vi como los camareros se miraban entre sí y el señor mayor bajaba la mirada.

-Ah, y... bueno, ¿sabes dónde puedo encontrarle?.-dije ya algo preocupada.

-No creo que eso vaya a ser posible, preciosa.

-¿Porqué? ¿Le ha pasado algo?- noté como toda la sangre del cuerpo se me iba a los pies, veía borroso, no podía ser que le hubiera pasado nada, al chico de las pecas en los brazos no, a él no.

El señor mayor tuvo que apreciar mi preocupación porque me invitó a sentarme en una silla, lo rechacé, prefería estar de pie para poder escapar de ese momento, de esa situación.

-No, no, tranquila está bien, de verdad. Miguel sólo se ha tomada unos días de baja, a veces tiene migrañas terribles en las que no puede ni oír el ruido de los tenedores al tocar el plato y claro, es algo muy difícil de evitar en un restaurante.

La sangre me volvía al cuerpo, mis ojos se centraban y mi corazón dejó de saltar a la comba.

-Entonces está bien, a parte de las migrañas, ¿no?.

-Claro, perdón si te hemos asustado, no era para nada nuestra intención.

-No qué va, bueno sí, un poco, pero es que soy muy asustadiza y me pongo siempre en lo peor... joder, perdón, ¡ooh menos mal que está bien!.-¿Cuándo volverá?.

-Pues no creo que tarde ya mucho, supongo que en un par de semanas estará sirviendo macarrones como siempre.

-¿Un par de semanas?, pobre, menudas migrañas... está bien, ya volveré dentro de unos días.

-¿Quieres que le digamos algo de tú parte?.

-No, gracias.

-Está bien, ¿le decimos al menos que te has pasado por aquí?.

-No, mejor...mejor decidle que tengo su jersey.-Muchas gracias por todo y que aproveche.

-Por descontado que se lo diremos, ¿No quieres quedarte a cenar aquí?, mira que tenemos los mejores tallarines al pesto de la manzana.

-¿De la manzana?.

-Sí, los del restaurante de la esquina dicen que tienen los mejores del mundo, pero los nuestros son los mejores de esta manzana.

-¿Cómo con los Stradivarius?

-Exacto, una chica lista.

-Bueno, se intenta. Muchas gracias pero ya me pasaré otro día a probar esos tallarines, ahora debo irme, gracias.

-Adiós, por cierto, ¿Cómo te llamas? así se lo digo a Miguel.

-Marina, dile que me llamo Marina.


Bien, ya que no había podido ver a Miguel me dispuse a ir al pub a ver si tenía mejor suerte y veía a Sparow. Cuando estaba a punto de llegar al pub levanté la mirada y vi el balcón dónde Miguel y yo cenamos, esos cojines en vez de sillas y el mantel con el color como el mar después de una tormenta. Vi sus ojos verdes, su jersey verde claro, su risa, su copa de vino. Sin darme cuenta me encontraba en el metro de vuelta a casa, ni si quiera había llegado a ver la Harley colgada de la pared del pub. Volvía con sólo un pensamiento, de hecho sólo un nombre, Miguel.

Marina

miércoles, 18 de agosto de 2010

Ojos verdes


21:37 barrio de Gràcia, llegaba tarde a la cena.


Sobre las 21:42 por fin encontré el restaurante "La casa di la pasta" estaba en un rinconcito de una calle bastante transitada justo delante de una fuente con un angelito y en el mismo edificio en el cual colgaba, de uno de los balcones, una sábana en la que en letras verdes estaba escrito "Gràcia lliure" pero no había ni rastro de él, del chico de las pecas.


Me asomé al interior del restaurante donde habíamos quedado, pero no vi ni rastro de él tampoco.... empecé a preocuparme... ¿No se habrá acordado?, ¿Estará escondido para reírse de mí?, ¿Se habrá arrepentido de haberme dicho de cenar juntos?.


Me decidí y entré en el restaurante, sentía que el corazón se me iba a salir por la boca.


El restaurante no era muy grande, pero era muy cuco. Estaba decorado con motivos italianos, entrar en él era como de repente estar en la Toscana, las paredes eran amarillas y en las esquinas, los bajos de las paredes y en algunas patas de mesa habían dibujados girasoles, la cocina, que estaba a la vista, estaba dentro de una pequeña caseta que había al fondo del restaurante cubierta por un tejado de color rojo, el suelo era de azulejos antiguos llenos de cenefas y el techo tenía antiguas vigas de madera de las cuales caían racimos de uvas negras. El olor a pizza y a salsa de cuatro quesos era el perfume del restaurante y desde el momento en el que entrabas era también el tuyo, embriagaba y te habría el estómago aunque antes estuviera cerrado con un candado como el mío. Pero él no estaba allí.
Salí del restaurante y decidí que si no aparecía en 10 minutos me iría tal y como había venido. En el tiempo que pasé esperando pasaron por delante mío una pareja de abuelitos que me preguntaron por un buen restaurante para ir a cenar esa noche y justo cuando estaba a punto de sugerirles el restaurante en el cual supuestamente iba a tener la cena con el chico de las pecas apareció él, el chico, negándome desesperadamente con la mirada, la cabeza y el dedo índice de la mano derecha:
-Mmmmmm... ¡No!, ¡No!-les dije a los abuelitos de manera exaltada y sin saber bien bien que hacer.
-¿No es un buen restaurante para cenar, bonita?-me preguntaron con cierto aire de sorpresa y duda en el rostro.
El chico de las pecas por detrás de ellos me indicó que les dijera que no.
-¡¡No!!, no es un buen restaurante, hay uno mejor calle abajo donde la comida es buenísima, la comida de aquí es vomitiva... buahhh, es un asco, de verdad.
-Bueno, pues gracias, iremos al de abajo- y se fueron cogiditos de la mano.
-¿A qué ha venido eso?- le pregunté al chico confundida y enfadada.
-Verás, yo soy camarero de ese restaurante y mi turno acaba a las 21:30, pero hoy han venido más clientes de lo normal y por eso me he retrasado, por cierto, ¿Has estado esperando mucho?- negué con la cabeza. -Menos mal, lo siento- se disculpó. -Y bueno, si hubieran entrado esos abueletes mi jefe me habría hecho entrar a trabajar otra vez.
-Vaya, que jefe más majo- le dije mientras le sonreía un poco tímida.
-No lo sabes tú bien- soltó de forma sarcástica y mientras se reía por lo bajo. -¿Te apetece que vayamos a cenar? ¿Tienes hambre?.
-Claro, me parece muy bien. Tengo mucha hambre- y no mentía en absoluto.
Empezamos a bajar por la calle y cuando llegamos a la esquina me di cuenta de que el súper restaurante al que había enviado a los dos viejecitos no existía pues no había ni un solo restaurante más en toda la calle, pobres.
-A la derecha- me indicó viendo que andaba un poco desorientada. Y bien, ¿Qué tal tienes el labio?, veo que ya puedes hablar como una persona normal- bromeó.
-¡Qué gracioso!-le dije en torno sarcástico. -No te imaginas lo que me dolía, por eso no podía hablar bien.
-Hombre, fue un buen porrazo el que te pegaste.... pero me amenizaste el trayecto en el bus- me dijo sonriéndome a la cara.
-De nada, me alegra saberlo- me atreví por fin a sonreirle.
-Ahora a la izquierda, no está muy lejos y se come muy bien. Por cierto, ¿Cómo estás ahora?.
-Pues... algo nerviosa- confesé.
-¿Nerviosa?.
-Bueno... teniendo en cuenta que por no saber de ti, no sé ni tu nombre....
-Es verdad, menudo fallo... no sabemos nuestros nombres, ¿Cómo te llamas?
-No, no... he preguntado yo primera así que has de..... vale, parezco una niña de nueve años, perdona... me llamo Marina- le dije mirándole a sus preciosos ojos verdes oliva.
-Encantado- nos paramos y nos dimos dos besos. -Yo me llamo Miguel- me dijo mirándome a mis aburridos ojos marrones. -Es justo aquí, espero que te guste la comida étnica.
Y entramos los dos en el restaurante.
Marina

viernes, 9 de julio de 2010

Con la cabeza en las nubes...


Salí de aquel examen aún con el labio dolorido pero había conseguido detener del todo la hemorragia, fue salir del aula y olvidar absolutamente todas las preguntas del examen, las respuestas, algunas acertadas y otras improvisadas, que había escrito en esa hoja que ahora veía en blanco.

¿Debía ir a la cena? al fin y al cabo, sólo era un chico más de los muchos con los que me cruzo en el autobús , quizá se había quedado conmigo y no iba a existir nunca tal cena si no que me quedaría como una idiota en la calle esperándolo mientras él y sus amigos se cachondean de mí, quizá quería estafarme de alguna manera o sacarme el dinero diciendo que pertenece a una ONG que necesita mi ayuda o que necesita dinero para vivir porque no encuentra trabajo y se pasa el día con el culo pegado en el sofá, quizá él sólo quiera recuperar su pañuelo o puede... sí, seguro que era eso, él era un líder de una secta de éstas que te chupan el celebro, seguro que me diría que soy una de las elegidas para subir a una nave que nos iba a llevar a un planeta mucho mejor, o tal vez... exista la ínfima posibilidad de que, bueno que es absolutamente improbable, pero... quizá él me quiera conocer, ¿No?, no, no puede ser, ¡¿Cómo me va a querer conocer con el circo que monté en ese autobús?!.

Faltaban tan sólo cuatro días para esa cena, estaba preocupada y feliz a la vez, cosa que me provocaba un estado de confusión que no me dejaba dormir bien por las noches, me pasaba el día diambulando como un zombie por casa, se me hacía un esfuerzo enorme el abrir la boca para comer y en clase parecía que necesitaba grandes grúas para levantar mis párpados pues parecía que éstos pesaban toneladas... pero hubo una ocasión en que esa grúa no hizo bien su trabajo:

-¡Marina!, ¡Eh!- no hubo respuesta por mi parte.

-¡Marina!, ¡Eii, despierta!- no hubo respuesta.

-¡¡¡Marina!!!, ¡Venga despierta!- otra vez no hubo respuesta....

-¡Vamos Marina!.

-¿¡Qué!?, ¿Qué pasa?- al fin contesté, aunque yo no era consciente ni de quién me llamaba ni de dónde estaba.

-¡Menos mal Marina! ¡me estaba sintiendo como la abuela de Tom Sawyer al principio del libro!- Era Cristina, a Cristina le encanta leer, de todas las personas que conozco ella es la que más libros ha leído y cada vez que puede alardea de ello.

-Bufff gracias Tina, me había quedado totalmente dormida y no es que pueda echarme una cabezada en clase de psicofarmacología con la estirada de la Pelaez.

-No se merecen, pero ¿Por qué vas tan cansada? llevas un par de días que pareces un zombie- Sí, Cristina es como el gran ojo de Sauron, todo lo ve y de todo se da cuenta.

-Si te digo la verdad, no lo sé ni yo... o prefiero no pensar que estoy así por lo que creo que estoy así- estaba claro que quería hablar de ello con Tina ya que ella seguro que sabría qué hacer y por eso dejé caer esa respuesta que no dejaba lugar a dudas a la pregunta que ella me haría a continuación.

-Ay Marina... ¿A quién has conocido?- Dios, Cristina se había adelantado, había ido más allá, ¿Cómo había podido saber que había alguien? definitivamente, Cristina iba a ser la mejor psicóloga de nuestra promoción o tal vez, la mejor de toda nuestra generación, en fin, no supe que contestar y me puse nerviosa....

-¿Por qué tiene que haber alguien?- protesté.

-Pero lo hay, ¿Verdad?- me acusó.

-Puede...- me ofendí.

-Marina, cuando tú creas oportuno cuéntamelo pero ve con ojo, ¿Vale?, ya sabemos lo que ha pasado otras veces y ya sabemos que te haces siempre muchas ilusiones, trata de mantenerte con los pies en la tierra ¿Entendido?.

-Entendido Tina- A pesar de que me fastidiaba sabía que Tina tenía razón y que no había sido ni una vez ni dos, las veces que lo había pasado mal por culpa de un chico.

-¿Cuándo le vas a ver?- me preguntó.

-Este sábado, hemos quedado para cenar algo por Gràcia.

-Mi aviso no llegará tarde ya, ¿no?.

-¡Qué va Tina! ¡Es sólo un chico más! Nos hemos gustado el uno al otro, ¡Eso es todo!.



¡¡¡Y cuánto nos habíamos gustado!!!


Marina

miércoles, 30 de junio de 2010

Es cosa del destino


Esa voz, la voz que detuvo el mundo o al menos, mi mundo.
Miré a mi alrededor, nada ni nadie se movía, no se escuchaba absolutamente nada.
El autobús había frenado, el bebé que hasta ahora estaba llorando cesó su llanto, los coche de alrededor no se movían y la señora que llevaba todo el trayecto abanicándose dejó de hacerlo, de repente...
-¡Eh!, ¿Estás bien?- Me dijo la voz.
Entonces me di cuenta, el autobús se había detenido porque había llegado a una de sus paradas, el bebé no lloraba porque al fin su madre se había dado cuenta que lo que le pasaba es que necesitaba mamar, los coches estaban parados porque el semáforo había cambiado y ahora estaba en rojo y la señora había dejado de abanicarse porque, y ya era hora, el sistema de aire acondicionado del autobús había decidido volver a funcionar. No había pasado nada especial, el mundo no se había detenido, de hecho, a mi parecer iba más deprisa.
Me di cuenta de que debía contestar a su pregunta o el dueño de esa voz pensaría que era una boba, aunque quizá estaba en lo cierto.
-Xi, eshtoy bieng, grachiax- Fue mi ridícula contestación, me sentí el ser con más mala suerte del universo, ¿Por qué?, ¿Por qué me estaba pasando eso a mí?, tenía delante al chico de las siete pecas en los brazos, al chico de la voz y yo no era capaz ni de mantenerme en pie ni de hablar con normalidad pues el corte del labio aún me dolía y escocía mucho.
-¿Siempre hablas así?- me preguntó en tono de burla, pero no una burla como cuando un niño se ríe de otro porque a éste se le ha caído todo el cucurucho al suelo, no, era una burla simpática, agradable, una burla para romper el hielo. Pero yo, que sólo sé romper mis labios, no supe qué contestar para parecer tan simpática y agradable como él y opté por la más fácil postura que es a su vez la más estúpida, la postura de la indiferencia.
-No, claro que no... por xi no te hash dado cuengta, tengo el labio fatal, oh no......... .
-¿Qué sucede?- me preguntó.
-Que tengo un exámeng muy importante y no puedo faltar.
-Pues espero de verdad que por tu propio bien no sea un examen oral. Bueno, esta es mi parada. Ha sido un placer conocerte y espero que cuando nos volvamos a ver no te vuelvas a caer ni cosas por el estilo.
-¿Volvernos a ver?- Le pregunté nerviosa y a la vez infinitamente feliz.
-Claro, aún tienes mi pañuelo y éste tiene un gran valor sentimental para mí, así que quieras o no me lo tendrás que devolver en la cena.
-¿Qué cena?.
-Nuestra cena- Me contestó con una sonrisa simpática e interesante y con tal profundidad en su mirada que me dio la sensación de que podía hasta bucear en ella.
-¿Y dónde y cuándo se supone que será? -Le pregunté con la más enorme curiosidad.
-Tranquila, sé que eres lo suficientemente lista como para saber, antes del sábado a las nueve y media de la noche en el restaurante "La casa di la pasta" de Gràcia, dónde y cuándo será nuestra cena, porque lo nuestro aunque te pueda parecer un tópico es cosa del destino.
Y sin más se apeó.

Entonces el tiempo dejó de ir tan rápido, aunque seguramente lo que había ido tan rápido eran los latidos de mi corazón, y volvió a la normalidad.
Y allí me quedé, en el autobús con el labio que me escocía, la mochila de la universidad, el bolso, los libros los cuáles contenían la materia de la que me iba a examinar y su pañuelo.
Fue en ése momento cuando me di cuenta de todo lo que había pasado y de que quizá no había tenido tanta mala suerte como me había parecido al principio.

Marina