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viernes, 6 de mayo de 2011

Tallarines al pesto acompañados de una copa de vino rosado y de Miguel

Mientras estaba en la mesa esperando a la suculenta cena iba mirando a Miguel de reojo y me iba dando cada vez más cuenta de las toneladas y toneladas de suerte que había tenido al caerme aquel día en el bus, porque Miguel era aquella pieza que falta en un puzzle, la escasa pasta de dientes que sale del tubo vacío al apretar y apretar, el chicle de un chupa chups, la sorpresa de un huevo kinder, la vela que no se apaga de una tarta de cumpleaños, la última hoja de un árbol caduca en otoño... Miguel era algo caído del cielo, aunque también algunas veces parecía algo venido de lo más fondo del infierno.

-Aquí están tus tallarines - me anunció Miguel a la vez que dejaba el plato sobre la mesa - y aquí estoy yo con los míos - dejó un segundo plato sobre la mesa y se sentó en la silla que tenía enfrente.



-¿Vas a cenar entre servir una mesa y otra?- le pregunté.

-Créeme que si lo hiciera pasaría tanto tiempo entre bocado y bocado que podría hacer la digestión del último - Miguel acercó la nariz al plato y cerró los ojos al percibir el hipnotizante aroma de los tallarines. -Vamos, pruébalos, están deliciosos - me dijo mientras enrollaba unos pocos con el tenedor.

Le hice caso y me metí una buena tanda de tallarines en la boca y entonces noté cómo si tuviera lava incandescente en la boca.

-¿No te gustan? - se atrevió a preguntar Miguel con una notable preocupación en su rostro.

Pero yo no podía responder porque tenía la boca ardiendo y llena de tallarines.

-¿Están sosos? - me preguntó a lo que yo le negué con la cabeza -¿Demasiado picantes? - negué otra vez con la cabeza - ¿Están crudos? -negué desesperadamente de nuevo con la cabeza -¡¡Aah!! están ardiendo!! - Afirmé con la cabeza, me tragué los tallarines, bebí un buen sorbo del vino fresquito y saqué disimuladamente la lengua para que se me enfriara un poco.

-¿Vas a cenar conmigo? - me atreví a preguntar, aunque la respuesta era bastante evidente.

-Eso tenía pensado, he pedido al jefe que me dejara cenar contigo, le he tenido que decir que eras una pobre moribunda a la que no le íbamos a quitar su última cena acompañada de un tío tan bueno como yo.

-Ibas bien hasta lo del tío bueno, la última parte te ha delatado - bebí un sorbito de vino y proseguí - Igualmente, que jefe más comprensible tienes, ¿no?.

-Sí, es el típico jefe que cuesta pillarle el truco pero una vez lo pillas le tienes en el bote, y claro, 24 años con él dan para pillarle el truco unas cuantas veces.

-¿Le conoces desde hace 24 años?, entonces, ¿cuántos años tienes tú? - estaba algo sorprendida dado que si le conocía desde que trabajaba con él eso suponía que como mínimo Miguel tenía... 40 y eso... eso era imposible.

-Puedo contestarte a las dos preguntas con una sola respuesta... Francisco, mi jefe, es mi padre - le dio un sorbo al vino y me invitó con un gesto de mano a que yo hiciera lo mismo.

-¿Y no te sientes algo... presionado al trabajar con él? no sé, creo que no me gustaría trabajar con mi padre.

-A todo te acostumbras cuando no hay mejores opciones. He trabajado en otros sitios pero en ninguno me he acabado sintiendo a gusto y de estudiar ni hablemos, siempre he sido un desastre con las mates eso de logaritmos o límites cuando la X tiende a la izquierda, ¡menuda tontería! - dijo algo divertido pero noté cómo le cambiaba rápidamente el semblante - Vaya, ahora es cuando me confiesas que estudias matemáticas - no le contesté -¿Las estudias?.

-¡Qué va!, estudio segundo de psicología - me sabía mal hacerle pasar mal así que le dije la verdad sin rodeos.

-Psicóloga - dijo mientras afirmaba y me miraba directamente a los ojos.

-Bueno, a eso aspiro - no aparté mis ojos de los suyos.

-Tendrás que tratar con gente muy..... muy ¿especial?, ¿ no te da algo de cosa?.

-Me gusta la gente especial aunque bueno, más bien esa gente son personas que necesitan una ayuda y estudio para podérsela dar. Recuerdo cómo en nuestra anterior cena me dijiste que era una chica algo especial ¿me consideras como una loca? - por supuesto se lo decía de broma, aunque Miguel parecía algo serio, así que levanté mi copa y con un pequeño gesto le induje a que hiciera lo mismo, cuando reposé la copa en mis labios, él hizo lo mismo con la suya, dejé que el vino empapara mis papilas gustativas a la vez que él lo hacía también, dejamos que cayera por nuestras gargantas y dejamos la copa a la vez sobre la mesa y por supuesto, todo esto pasó sin dejar de mirarnos a las pestañas... pude ver que Miguel tenía una manchita de un verde más oscuro que el resto del iris en el ojo izquierdo.

-Bueno, todos lo somos un poco, ¿no? - contestó a mi pregunta sonriendo.

-Sin duda - y cogí unos cuantos tallarines con el tenedor.






Nuestra segunda cena había sido totalmente inesperada y desde luego estaba siendo igual o mejor que la primera. De las cenas que tenían que venir después... sólo puedo decir que hubo mejores que ésta segunda y unas pocas peores que todas las anteriores.




Marina

domingo, 1 de mayo de 2011

Esta vez sí

Fueron las dos semanas más largas de mi vida. Por la mañana, al despertarme, todo se me hacía cuesta arriba porque significaba que aún tenían que pasar X días hasta poder ver a Miguel, las clases eran aburridas ni siquiera Tina me las podía animar, las tardes eran peor porque tenía que estudiar sin ganas y con la cabeza más en Gràcia que no en el libro que tenía delante y por las noches sufría pequeños episodios de insomnio que por suerte se arreglaban con dos valerianas. Ahora entendéis por qué fueron unas pésimas semanas, ¿verdad?.

Pero por suerte ( o por desgracia ), todas las cosas tienen un tiempo limitado y esas dos semanas no iban a ser una excepción. Ese lunes desperté contentísima, desayuné como nunca y hasta le di un beso de buenos días a Martí, las clases pasaron rápido y ese día Tina parecía estar envuelta en un aura que con tan sólo mirarlo una oleada de carcajadas te salían de lo más interior de tu ser.
Una vez en casa me senté a leer un ratito pero en 40 minutos no pasé de página ni una sola vez pues tenía algo en el estómago con lo que se me hacía imposible prestar atención a la historia, finalmente desistí y dejé el libro encima de mi cama. No sabía qué podía hacer para entretenerme así que me decidí a ir andando hasta Gràcia ya que eso seguro que me entretendría y así haría estómago para poder comer unos buenos tallarines al pesto en el restaurante de Miguel.

Por uno de esos caprichos del destino esa semana se estrenaba la nueva entrega de "Piratas del Caribe" así que en todas las paradas de autobús y en todas las marquesinas con las que me cruzaba por el camino aparecía el rostro del Capitán Jack Sparrow y cada vez que lo veía se me aparecía la sonrisa pícara de mi particular Capitán. Decidí que eso no estaba bien ya que en cuestión de minutos iba a ver a Miguel así que me pasé el resto del camino mirando hacia los adoquines de las calles. Así, unos adoquines hexagonales y con dibujos de Gaudí me indicaron que ya estaba en Passeig de Gràcia y que tan sólo tenía que callejear un poco más para llegar al restaurante.

A eso de las 20.30 mi mano derecha se encontraba girando el pomo del restaurante mientras que en la mano izquierda tenía cogida fuertemente la bolsa en la cual llevaba el jersey de Miguel. Conté hasta tres antes de abrir la puerta, estaba algo nerviosa... uno, doooos, dos y medio, dos y tres cuartos, dos con nueve, dos con nueve períooodo y cuando ya se me acababan los número para llegar hasta el tres la puerta se abrió para dentro y yo, que estaba bastante apoyada en ella... caí a cuatro patas sobre el suelo del restaurante. Por suerte, nadie pareció haberse dado cuenta y tan sólo tuve que recibir las atenciones del camarero que había tirado de la puerta debido a mi indecisión para hacerlo.

-Vaya, lo siento, ¿está bien?- dijo casi de carrerilla el camarero que había abierto la puerta.


-Sí, creo que no me he hecho nada - y entonces me dí cuenta de que el labio me sangraba un poco. El camarero debió percartarse también y me acompañó ambclemente hasta el baño de mujeres. Cinco minutos después salí del baño sin sangre en los labios pero con la dignidad por los suelos.


-¿Quieres quedarte a cenar? invita la casa por lo ocurrido-. Pobre camarero, creo que se veía con una denuncia puesta.


-No, no qué va. Bueno, sí, me quedo a cenar pero tranquilo, no hace falta que invite la casa-. El camarero de acento cubano me estuvo insistiendo durante más de dos minutos y finalmente llegamos a un acuerdo, el restaurante me invitaba a las bebidas. Después del regateo me acompañó hasta mi mesa y me pidió rápidamente nota.-Unos tallarines al pesto y un agua natural de grifo, gracias-. El camarero después de indignarse por el agua y de reír por lo bajo se fue hacia la cocina para anunciar mi pedido.

Si la primera vez que vi aquel restaurante se me antojó como un lugar desconocido, por aquel entonces ya se me antojaba como un sitio familiar.
Sorprendentemente lo primero que hice no fue buscar desesperadamente a Miguel, sino comer un paquetito de palitos de pan que había al lado de los cubiertos y aunque la sal de los palitos hacía que me escocieran un poco los labios hay que reconocer que estaban deliciosos. Después de esto, ya sí que empecé a mirar, disimuladamente, hacia todos los lados del restaurante, pero no había ni rastro de él. Empecé a preocuparme e intenté autoconvencerme de que si me habían dicho que iba a estar sólo dos semanas de baja iban a ser dos semanas, ni un día más, ni un día menos y que hoy ya tenía que estar trabajando. Decidí pensar en otra cosa y entonces me percaté de que esta vez no había notado el olor de salsa a los cuatro quesos que siempre ronda en la atmósfera del restaurante, así que me concentré y concentré hasta que por fin me percaté de ella y supuse que no la había notado porque mi olfato ya se había acostumbrado a ella. También me obligué a pensar en el examen que tenía en dos días y del cual sabía que nadie iba a salir vivo porque la Peláez nos iba a escarmentar por nuestro comportamiento, ya que no parábamos de hacer bromas con los nombres de los fármacos, como por ejemplo "lapdelpeltiubdeal" que era un estimulador del ánimo y el nombre del cual recodábamos gracias a esta oración "la pesada de la Peláez tiene un bigote descomunal". Pero como humana que soy caí en la tentación de volver a preocuparme por la ausencia de Miguel, llevaba ya más de 20 minutos en ese restaurante y aunque yo no le hubiera visto, él ya me habría visto a mí y me habría venido a saludar, en teoría. Pero de repente, cuando ya no me apetecía estar allí y muchos menos me apetecía ese plato de tallarines al pesto una copa de vino rosado apareció en mi mesa, miré a mi derecha y allí estaba él, allí estaba el chico de las pecas en los brazos, allí estaba Miguel.


-¿Siempre tienes que entrar a los sitios haciendo numeritos?-. Una sonrisa dulce y divertida asomó en nuestros respectivos labios aunque los míos aún estuvieran algo resentidos del golpe contra el suelo del restaurante. Empecé a recordar mi estrepitosa caída en el autobús y en la del restaurante y empecé a ponerme un poco roja.


-Ya ves, las buenas costumbres nunca se abandonan.-Respondí algo avergonzada.

-Tienes mucha razón, por eso te he traído este vino rosado, como en nuestra cena.- y se frotó el labio inferior con el superior, un gesto que ya había hecho a menudo y que a mí me encantaba.

-Desde luego es mucho mejor que el agua de grifo que había pedido-.Repuse.

-Infinitamente mejor.- me miró fijamente a los ojos, me dijo un pequeño adiós con la mirada y después se fue a servir más mesas.

Aunque yo estaba segura que ese "adiós" con la mirada no era más que un "hasta luego".






Marina

martes, 29 de marzo de 2011

De visita

Al salir de clase siempre tengo una sensación que se debate entre la liberación y el cansancio, pero ese día era diferente. Me sentía pletórica, lo expresaba, sonreía todo el tiempo y el trayecto en el bus hasta llegar a casa se me antojó breve como un suspiro. Bajé del autobús de un salto, la cual cosa no fue nada fácil con los tacones que llevaba, subí las escaleras de mi edificio a una velocidad comparable a la de los trenes, introduje con precisión la llave, -Mamá! Papá! Despojo humano! Ya he llegado!!!, tiré la mochila sobre el suelo de mi habitación, escuché a Martí quejarse de mis "motes cariñosos" hacia él, me miré en el espejo del recibidor y lo que vi era bastante aceptable así que procedí, -Adiós mamá! papá! mugroso! me voy!! vengo para cenar!!, bajé las escaleras corriendo y sujetada fuertemente a la barandilla porque con esos tacones... podía morir en el intento, me introduje en la apelotonada boca de metro y después de estar esperando 5 angustiosos y calurosos minutos con sus respectivos 35 lentos segundos llegó el metro que me iba a llevar hasta Gràcia.


Durante el trayecto estuve pensando en si debía buscar a Miguel o a Sparrow... Miguel me había hecho pasar unas horas especiales, agradables, únicas pero me había practicamente abandonado después de la cena y quizá lo que pasara es que no quería volver a verme. Sparrow... me había refugiado cuando yo estaba más vulnerable, me había tratado genial y había pasado unas horas inolvidables bajo las sábanas de color vino, pero quizá para él no era más que otro pez al que pescar cuando éste está a punto de ahogarse.


Catalunya, Passeig de Gràcia, Diagonal... me acercaba ya a Fontana, ¿a dónde iba a ir?, al restaurante dónde trabaja de camarero Miguel, al restaurante hindú donde estuvimos cenando, al pub al que me sugirió irme a hacer una copa yo sola, a ese mismo pub dónde Sparrow me hizo sonrojar por la espuma de cerveza que tenía sobre los labios y dónde fui intoxicada por unos cacahuetes asesinos ¿o tendría que haber cogido el 59, haber ido hasta la Barceloneta y picar en la puerta del apartamento de Sparrow?, demasiadas preguntas para el minuto y medio que separa la parada de Diagonal y Fontana.



"Pròxima parada... Lesseps", ¿Querrían verme?, ¿Qué les iba a decir?, ¿Qué hacia si veía primero a Miguel o si veía primero a Sparrow?, ¡o peor! ¿Qué iba a hacer si me los encontraba a la vez?, Lesseps, ¿Lesseps?, ¿¡¡Lesseps!!?, ¿¿¿¿¿¡¡¡¡¡Cómo había podido pasarme de parada!!!!!???? mierda, joder.... bueno, tranquila te bajas aquí y retrocedes andando y en menos de cinco o diez minutos llegas a Fontana.... ¿Con estos tacones?, quince, quince minutos.


Veinte minutos más tarde me encontraba ya por fin en la parada de Fontana, tan sólo tres calles me separaban del restaurante dónde trabaja Miguel, y después de pensarlo mucho, decidí acercarme. Mientras caminaba empecé a recordar la noche de la cena con Miguel, el estado de nervios, curiosidad y miedo con el que poco a poco me iba acercando al restaurante y ahora, me sentía, quitando el miedo, de la misma manera. He de reconocer que tenía unas ganas locas de volver a verle, de oír su voz, de poder devolverle el jersey en otra cena como la que tuvimos, de reírme con él, de abrazarle y de volar a su lado.


"La casa di la pasta", aquí era. Miré el interior del restaurante desde fuera pero no vi ni rastro de Miguel, con cuidado abrí la puerta del restaurante y un olor a salsa de cuatro quesos volvió a inundarme. Pude ver a los camareros cenando juntos en una mesa, pues el restaurante aún no estaba abierto a la clientela.


-¿Querías algo?-me preguntó un señor mayor, algo barrigón, con el pelo blanco como la nieve y una barba bien cuidada. Iba vestido de camarero pero su traje era de diferente color al del resto de camareros, seguramente sería el encargado.

-Emmm, no, nada... ya me voy- eché un último vistazo pero Miguel no estaba en ninguna parte visible para mí del restaurante.

-Ah, bueno, abrimos dentro de una hora, ¿Quieres que te reserve una mesa?- ofreció el señor mayor a la vez que se levantaba de la mesa.

-En verdad estoy buscando a una persona, pensaba que trabajaba aquí.- sentí que había sido algo brusca al rechazar la invitación pero en ese momento tan sólo me importaba una cosa, ver a Miguel.

-Si me dices su nombre tal vez podemos ayudarte.-Sentí como todos los camareros me miraban de golpe.

-Busco a Miguel.-Noté como el semblante del señor mayor cambiaba.

-Miguel no trabaja ya aquí.-Vi como los camareros se miraban entre sí y el señor mayor bajaba la mirada.

-Ah, y... bueno, ¿sabes dónde puedo encontrarle?.-dije ya algo preocupada.

-No creo que eso vaya a ser posible, preciosa.

-¿Porqué? ¿Le ha pasado algo?- noté como toda la sangre del cuerpo se me iba a los pies, veía borroso, no podía ser que le hubiera pasado nada, al chico de las pecas en los brazos no, a él no.

El señor mayor tuvo que apreciar mi preocupación porque me invitó a sentarme en una silla, lo rechacé, prefería estar de pie para poder escapar de ese momento, de esa situación.

-No, no, tranquila está bien, de verdad. Miguel sólo se ha tomada unos días de baja, a veces tiene migrañas terribles en las que no puede ni oír el ruido de los tenedores al tocar el plato y claro, es algo muy difícil de evitar en un restaurante.

La sangre me volvía al cuerpo, mis ojos se centraban y mi corazón dejó de saltar a la comba.

-Entonces está bien, a parte de las migrañas, ¿no?.

-Claro, perdón si te hemos asustado, no era para nada nuestra intención.

-No qué va, bueno sí, un poco, pero es que soy muy asustadiza y me pongo siempre en lo peor... joder, perdón, ¡ooh menos mal que está bien!.-¿Cuándo volverá?.

-Pues no creo que tarde ya mucho, supongo que en un par de semanas estará sirviendo macarrones como siempre.

-¿Un par de semanas?, pobre, menudas migrañas... está bien, ya volveré dentro de unos días.

-¿Quieres que le digamos algo de tú parte?.

-No, gracias.

-Está bien, ¿le decimos al menos que te has pasado por aquí?.

-No, mejor...mejor decidle que tengo su jersey.-Muchas gracias por todo y que aproveche.

-Por descontado que se lo diremos, ¿No quieres quedarte a cenar aquí?, mira que tenemos los mejores tallarines al pesto de la manzana.

-¿De la manzana?.

-Sí, los del restaurante de la esquina dicen que tienen los mejores del mundo, pero los nuestros son los mejores de esta manzana.

-¿Cómo con los Stradivarius?

-Exacto, una chica lista.

-Bueno, se intenta. Muchas gracias pero ya me pasaré otro día a probar esos tallarines, ahora debo irme, gracias.

-Adiós, por cierto, ¿Cómo te llamas? así se lo digo a Miguel.

-Marina, dile que me llamo Marina.


Bien, ya que no había podido ver a Miguel me dispuse a ir al pub a ver si tenía mejor suerte y veía a Sparow. Cuando estaba a punto de llegar al pub levanté la mirada y vi el balcón dónde Miguel y yo cenamos, esos cojines en vez de sillas y el mantel con el color como el mar después de una tormenta. Vi sus ojos verdes, su jersey verde claro, su risa, su copa de vino. Sin darme cuenta me encontraba en el metro de vuelta a casa, ni si quiera había llegado a ver la Harley colgada de la pared del pub. Volvía con sólo un pensamiento, de hecho sólo un nombre, Miguel.

Marina

martes, 28 de septiembre de 2010

Abrazo

No sé si era efecto del vino o es que estaba en una nube de felicidad (quizá eran ambas) pero lo cierto es que habían pasado 40 minutos de nuestra cena y yo me lo estaba pasando en grande.

Él era muy divertido, al principio me sentía algo cohibida y un poco a la defensiva pero enseguida comprendí que él estaba siendo como realmente era y eso me hacía pensar que estaba en una de las mejores cenas que jamás iba a tener, mejor incluso que las suculentas y agradables cenas de navidad que hacíamos mi familia y yo cuando vivíamos en York.

En cuanto nos retiraron el segundo plato Emilio nos trajo el postre:

-Bien, pareja, aquí está el Barfi, y dos copas de cava por cortesía de la casa. Espero que os guste- acabando de decir esto dejó el Barfi y el cava encima de la mesa y se marchó muy rápido ya que el restaurante estaba a rebosar.

Ejem, era mi impresión o realmente Emilio nos acababa de llamar "pareja", ¿en serio lo parecíamos?, ¿A caso pegábamos?, ¿Teníamos química? seguramente me quedé algo aturdida y en silencio por al menos unos cuantos segundos pues Miguel en seguida me preguntó si estaba bien:
-¡Marina!, ¡holaaaaa!, ¿Sigues en este mundo?.......... silencio.............. Marina, ¿Te pasa algo?.
-¿Eh? ¿Qué?, quiero decir.... ¿Qué me estabas diciendo?.
-Te estaba preguntando si te encontrabas bien, parecías algo... traspuesta- me contestó torciendo la boca.
-Oh, no qué va. Me encuentro estupendamente.
-Menos mal, a veces la comida india resulta un poco fuerte y bien.... no sienta bien a todos los estómagos- ahora fui yo quien torció la boca... así que esos segundos de confusión en los que yo estaba pensando si hacíamos buena pareja o no, él estaba pensando en si me urgía o no ir al baño... fantástico.
-¡Este barfi está realmente bueno!- exclamé.
-Sí, es el mejor que he probado nunca. De hecho, es el único que he probado en mi vida.
-mmm pues eso no te permite decir que es el mejor del mundo.....- le dije "regañándole".
-Claaaro, como tu has probado taaantos- me respondió irónicamente mientras cogía un pedazito de barfi.
-Pues sí, he probado bastantes.....- le repliqué.
-Es verdad, cuéntame eso de que vivías en York- dijo mirándome a los ojos con mucha concentración, ya podía haber habido un incendio en la cocina del "restaurante" que él me hubiera seguido mirando a los ojos.
-Pues eso vivía en York- con la cara que me puso comprendí perfectamente que esa respuesta tan seca no era la que esperaba así que me lo pensé y decidí contar un poco más- Nací en York, la familia de mi abuela materna era de allí y mi abuelo materno emigró de Barcelona a York cuando conoció a mi abuela. Estuvimos viviendo allí durante unos años y después ya nos vinimos a Barcelona.
-¿Qué edad tenías cuando os vinisteis?.
-14 años- respondí casi sin pensarlo.
-Vaya, te acuerdas perfectamente. ¿Te marcó mucho?.
-No, bueno sí, o sea no, sí, sí que me marcó.... es duro irse a vivir a otra ciudad, con otras costumbres, decir adiós a los amigos, familia... bueno, decir adiós a todo lo que te ha acompañado durante toda tu vida.
-Me imagino, de pequeño también me mudé.... sólo cambié de barrio, pero ya fue un cambio- torció la cabeza.
-Sí, aunque a pequeña escala, también fue un cambio. ¿Cómo que os mudasteis?- en seguida me arrepentí de haber hecho esa pregunta porque acababa de, indirectamente, darle permiso para que él me preguntara lo mismo.
-No lo sé muy bien, era realmente pequeño... debía tener unos 5 o 6 años... pero creo que tuvimos algunos problemas económicos y tuvimos que dejar el piso para irnos a uno de alquiler- me contó algo acomplejado. - Pero bueno, eso ya es agua pasada... ¿Y tú?, ¿Por qué os mudasteis?- lo sabía, sabía que me iba a preguntar eso...
-Bueno, ya sabes.... lo típico. - esa respuesta me daba tiempo para pensar.
-¿Lo típico?, ¿Qué motivo es típico para una mudanza? hay muchos, que la casa se queda pequeña, que ha habido un ascenso el en trabajo de tus padres, que....
-¡¡Sí!!, ¡¡¡ eso es!!!- dije algo sobresaltada al oír por su boca una buena excusa... ejem, sí, eso es...- dije con una exagerada calma -mi madre heredó una parte de las fábricas de mis abuelos y nos tuvimos que venir a Barcelona para que se pudiera hacer cargo.
-¿ Y volvéis a York muy a menudo?
-Oye, me estoy sintiendo como si estuviera en un tercer grado... me están hasta sudando las manos- bromeé... aunque en realidad era cierto.
-Es verdad, perdona... es sólo, no sé, me pareces muy interesante... desde que te vi subiendo al bus con la piruleta en la boca que supe que no eras normal.
-Mmmm, también llevaba un chicle de menta en la boca, pero con el ostiazo me lo tragué.... soy así de interesante- le dije en un tono irónico.
-¿¡Qué!?, ¿Llevabas un chicle?, Dios.... a parte de interesante también eres....
-¿Torpe?, ¿Patosa?, ¿Negada?, ¿Zopenca?, ¿Inú...
-¡¡No!!, nada de eso- me interrumpió- a parte de interesante también eres increíble.
-A- Fue lo único que pude contestar.
-Bueno, delicioso el barfi, ¿eh?- dijo cuando los dos le pegábamos el último bocado.
-Sí, realmente bueno.
-Pediré la cuenta, en seguida vengo... la cuenta también hay que pedirla directamente.
-A.... vale, emmm ¿Cuánto es?.
-¿Pagamos a medias?.
-Si te parece bien, sí.
-Vale, pues serán unos 20€ por coco.
-Mmm no sé si lo tendré justo- rebusqué en mi monedero- sí, mira ten- y los cogió para llevarlos a caja.
Así que ya está... nuestra cena se había acabado, había estado genial y no quería que acabara aún ¿Y si le decía de ir a tomar algo en algún pub? o sonaría muy desesperado... y sí él no quería continuar conmigo y todo lo que me había dicho de interesante e increíble era para quedar bien, la verdad es que lo de que no haya insistido ni un poco en pagar él me había dejado algo fría... en fin, tenía pensado hacerlo a medias pero aún así... me parece raro que no haya insistido en pagar todo él... oh, mierda... seguro que le he parecido una aburrida, bueno... ya viene, será mejor que deje fluir las cosas....
-Ten, el cambio. Al final ha sido menos de lo que pensaba- me dijo mientras me devolvía 1.20€.
-A, gracias...- le contesté y me cogió suavemente del brazo, empezamos a salir del restaurante, dijimos adiós a Emilio y bajamos por esas viejas escaleras hasta llegar a la calle. Entonces, me llené de valor y lo hice, se lo pregunté:
-¡Anda! pensaba que sería más tarde...- exlamé mirando a mi reloj- ¿Te apetece que vayamos a tomar unas copas?- le pregunté, evitando totalmente el tono de súplica, o al menos intentándolo.
-¿Quieres emborracharme?- te advierto que soy un facilón cuando bebo- me dijo bromeando.
-Mmm para tu desgracia yo no puedo decir lo mismo...
-Oye, que no me acordaba, aún tienes mi pañuelo... y bueno... emmm.
-Sí claro, ten aquí lo tienes, yo tampoco me acordaba ya- y se lo dí después de haberlo buscado por mi bolso- pero va dime, ¿Te apetecen unas copas?.- le guiñé el ojo.
-Pues... lo cierto es que mañana entro pronto a trabajar... así que será mejor que vaya ya para casa, pero oye, si te apetecen unas copas, al girar la esquina hay un pub buenísimo, hay buen ambiente y siempre hay gente interesante.
-Ah, bueno... quizá me pase, un día de estos. También me iré a casa.
-Bien, pues quiero decirte que esta noche me lo he pasado genial, eres única. Yo tiro por aquí, ¿tú?- dijo señalando hacia lo alto de la calle con el dedo índice.
-No, yo he de bajar esta calle... bueno, también me lo he pasado muy bien, gracias por todo- y nos dimos dos besos. Bajé un poco por la calle y paré, miré hacia atrás... él no estaba, ya había girado la esquina. Cogí con mi brazo derecho el bolso casi vacío sin su pañuelo. Y con la vista puesta en el suelo continué caminando hasta mi casa... con las mangas de su jersey abrazándome por la cintura.
Marina

lunes, 6 de septiembre de 2010

Calor


-¿Seguro que es aquí?- dije poniendo cara de duda pues estábamos entrando en la portería de un bloque de pisos, que dejaba mucho que desear, por cierto.
-Sí, está en el tercer piso- contestó mientras abría el ascensor dejándome pasar a mí primera.
Empecé a tener miedo: ¿Y si no era de fiar? ese era uno de los últimos sitios en los que alguien desearía estar a solas con un desconocido. Busqué maneras de escapar por si las moscas pero no encontré ninguna ventana ni ninguna puerta trasera, estaba totalmente atrapada.
O también cabía la posibilidad de que fuera un cerdo pervertido y me estuviera llevando a su piso donde él querría pasar al postre directamente y aunque yo me resistiera tendría que acabar complaciéndole pues no había escapatoria ninguna. Me temblaban las piernas.
Miguel, si es que él se llamaba así, picó al timbre que estaba al margen derecho de una puerta pintada de granate con la pintura saltada, en ella habían cinco cerraduras distintas y ninguna de ellas parecía estar en desuso. La luz de la escalera se apagó. De dentro del piso empezaron a oírse pasos, eran muy lentos, estaban cada vez más cerca y cada paso que escuchaba hacía que me diera un vuelco el corazón, se escuchó el ruido del abrir de una cerradura, dos, tres, cuatro y cinco cerraduras... la puerta se abrió.
-Hola, muy buenas noches, ¿Venís a cenar?- nos preguntó con una simpática sonrisa un hombre de unos 67 años, bajito, con una panza enorme y con un tono de voz que enseguida te transmitía confianza. Los dos afirmamos con la cabeza. -Pues pasad, no os quedéis ahí. Nos quedan dos mesas libres, una en el salón y la otra en el balcón, ¿Cuál os apetece? con la calor que hace os recomiendo la del balcón.
-Pues esa mismo, ¿Te parece bien, Marina?- me preguntó Miguel con una sonrisa casi angelical que disipaba todas las dudas y los miedos que había tenido al entrar en el bloque de pisos.
-Claro, me parece perfecto.
-Acompañadme por aquí. Vaya Miguel, hacía mucho tiempo que no te pasabas por aquí. La última vez viniste con esa chica de las muletas, ¿Carla se llamaba?, parecía simpática pero veo que la cosa no funcionó... te confesaré algo, la chica con la que vienes hoy parece aún más simpática y en guapura supera con creces a la otra. Y voila, esta es vuestra mesa.
Así que este restaurante era donde Miguel trae a todos sus ligues. Por Dios, y tonta de mí estaba empezando a sentirme especial.
La mesa era preciosa, era bajita, de madera de cerezo, tenía un mantel de colores azules que recordaban al mar después de una tormenta de verano, seis velas pequeñas, redondas y de diferentes colores la decoraban y las sillas.... ¡no habían sillas! en lugar de sillas habían dos cojines uno magenta y el otro lila.
-¿Cuál prefieres?- me preguntó Miguel, ahora estaba segura de que se llamaba así, mirándome a los ojos y después mirando a los cojines.
-¿Q... qué?- tartamudeé.
-¿Qué cojín prefieres?, ¿el lila o el rosa?.
-Mmm, me da igual, el magenta está bien.- e hice el primer intento de sentarme.
-¿Magenta?, es claramente rosa- bromeó mientras se sentaba en el lila.
-Sí, un daltónico diría exáctamente lo mismo- dije en el segundo intento, la falda me apretaba demasiado y no podía cruzar bien las piernas.
-¿Puedes?, espera moveré la mesa y así...
-Oh no no, no hace falta, es sólo... falta de práctica, pero ya casi estoy, ayyyy, no pueedo- decía con la cara de una persona que hace días que no puede ir al baño- mmmmmmmm, sólo he de cruzar esta pierna y......¡¡¡RAS!!!- frené en seco y una pequeña brisa de aire empezó a colarse por mi falda. -Ayyy......-miré hacía me trasero y pude certificar mi peor presentimiento, la falda tenía un agujero enorme, me quedé con los ojos como platos, casi tenía ganas de llorar y no sabía qué narices hacer.
-Toma, átate mi suéter a la cintura.... vaya Marina, para serte sincero, no esperaba ver tanto esta noche- y empezó a reírse sin ningún tipo de pudor. No sé que cara le debí poner porque paró de reír en seco. -Escucha, haremos como si nada hubiera pasado, ¿verdad que ahora te puedes sentar cómodamente? pues sentémonos y disfrutemos de la cena, la noche y la compañía- sus palabras, su voz y sobretodo su mirada me convencieron y me senté dispuesta a disfrutar de la velada.
-Que no te engañe el lugar ni Emilio, el que nos ha acompañado hasta la mesa- me aclaró. -Emilio es un excelente chef, estuvo viviendo en Nueva Delhi durante 25 años y allí aprendió todo lo que sabe de cocina hindú. En un viaje a Nueva York conoció a su esposa, Charlotte y al poco tiempo decidieron abrir un restaurante hindú en el Soho, tuvieron mucho éxito y el restaurante recibió excelentes críticas y hasta hará un par de años aún seguía abierto e igual de exitoso, pero Emilio y Charlotte se cansaron del restaurante y decidieron venderlo e irse a vivir a Barcelona para disfrutar en plenitud de la vida, pero como puedes ver no han durado mucho sin dedicarse a su pasión y abrieron esta especie de restaurante al ver la nueva tendencia de los restaurantes semisecretos que hay en casas particulares, sobretodo de Gràcia, y de momento no les va nada mal.
-Vaya, nunca había oído esto de los restaurantes en particulares, me parece una idea brillante.
-Y lo es, es una idea buenísima. ¿Sabes qué vas a pedir?.
-Pues no tengo ni idea, lo más internacional que he comido ha sido una pizza, así que imáginate. Él me sonrió y me llenó el vaso de agua. -¿Me dejas que te recomiende?- preguntó con otra de sus sonrisas. -Claro- le contesté.
-¿Tienes alergia a algo?
-Sí, a la penicilina- contesté algo extrañada, ¿para qué quería saber a qué era alérgica?.
Esbozó una gran sonrisa. -No, digo alergias a algún alimento.
-Ah- me sonrojé. -No, no tengo alergia a nada, pero no puedo con los melocotones.
-¿Y eso?
-Bueno, digamos que me gustan pero me acaban dejando un mal sabor de boca, traumas de la infancia supongo.
-Vales pues pediremos...
-¿Qué es lo que hay en medio de la mesa? ¿Tacos?- le pregunté con curiosidad.
-No bien bien, son chapatis, es una especie de pan, ahora está frío pero si está caliente es un verdadero manjar untarlo con ghee que es una especie de mantequilla. Bien pediremos de primero palak paneer que es queso sin fermentar untado en una salsa de espinacas, está realmemte para chuparse los dedos y de segundo kheer.
-¿Kheer?.
-Sí, es un pudin de arroz con nueces y pasas, delicioso- me respondió mientras se relamía el labio inferior.
-Tiene muy buena pinta. ¿y de postre?.
-Barfi, es el postre rey en Delhi y por supuesto Emilio lo hace de muerte.
-De acuerdo, ¿y no vamos a pedir lassi?- le pregunté haciéndome la interesante.
-¿Lassi?- dijo arrugando la nariz. -¿Qué es?.
-Es una bebida lactea muy fría que sirve para acompañar las comidas picantes y será ideal para el palak paneer.- le contesté haciéndome la chula.
-¿Así que no tenías ni idea, eh?.
-Te lo confesaré, soy de York así que un poco sí que entiendo de comida india -mis cejas subieron a mi frente para hacerme la interesante.
-Vaya, así que lo más internacional era una pizza, ¿eh?.
-Exacto, por cierto, prueba superada.
-Buff qué respiro.-y después de decir esto silbó. ¿Querrás vino?
-No me gusta mucho el vino, la verdad. Mejor un refresco.
-A a a a a- negó. -Deja que elija, mis padres tienen una pequeña bodega y de pequeño correteaba por allí, así que de vinos sé un rato.
-Está bien, sorpréndeme - sonreí.
-Creo que un tinto semidulce irá muy bien con la cena, aquí tienen uno de mis preferidos, es de California y está hecho con uva White Zinfandel, ¿Qué te parece?.
-¿Perfecto?, no tengo ni idea. Ni siquiera sé la diferencia entre tinto y rosado.
-Pues no se hable más, lo apuntaré en la hoja. Aquí hay que apuntar lo que quieres en esta hoja y llevarlo hasta la cocina así el trato es más personal y el servicio más rápido.
-Vaya es otra muy buena idea.
Miguel se levantó a llevar la hoja hasta la cocina y me le quedé mirando mientras se alejaba, su pelo moreno peinado a lo Ashton Kutcher, su piel clarita, su camiseta verde lima, sus pantalones tejanos y sus zapat.... me olvidé de los zapatos y llevé la vista arriba, ¡pero qué culito!, ni grande ni pequeño, bien puesto y redondito, no pude evitar morderme el labio inferior aunque hubiese deseado poder morder otra cosa, se giró de repente y me pilló que casi se me caía la baba, me sonrió y se sentó en su cojín mientras cogía un trozo de chapati.
-La maceración- me dijo nada más acabar de masticar el trozo de chapati.
-¿Qué?- pregunté confundida.
-Es la diferencia entre un vino tinto y un vino rosado. El vino rosado es un vino tinto con poca maceración- Y dejó caer una de sus sonrisas.
Cogí un trozo de chapati para poder llevarme algo a la boca, no sé si iba a poder aguantar sin estampar a Miguel contra la pared y comérmelo poquito a poco, tenía mucha calor.
Marina

miércoles, 18 de agosto de 2010

Ojos verdes


21:37 barrio de Gràcia, llegaba tarde a la cena.


Sobre las 21:42 por fin encontré el restaurante "La casa di la pasta" estaba en un rinconcito de una calle bastante transitada justo delante de una fuente con un angelito y en el mismo edificio en el cual colgaba, de uno de los balcones, una sábana en la que en letras verdes estaba escrito "Gràcia lliure" pero no había ni rastro de él, del chico de las pecas.


Me asomé al interior del restaurante donde habíamos quedado, pero no vi ni rastro de él tampoco.... empecé a preocuparme... ¿No se habrá acordado?, ¿Estará escondido para reírse de mí?, ¿Se habrá arrepentido de haberme dicho de cenar juntos?.


Me decidí y entré en el restaurante, sentía que el corazón se me iba a salir por la boca.


El restaurante no era muy grande, pero era muy cuco. Estaba decorado con motivos italianos, entrar en él era como de repente estar en la Toscana, las paredes eran amarillas y en las esquinas, los bajos de las paredes y en algunas patas de mesa habían dibujados girasoles, la cocina, que estaba a la vista, estaba dentro de una pequeña caseta que había al fondo del restaurante cubierta por un tejado de color rojo, el suelo era de azulejos antiguos llenos de cenefas y el techo tenía antiguas vigas de madera de las cuales caían racimos de uvas negras. El olor a pizza y a salsa de cuatro quesos era el perfume del restaurante y desde el momento en el que entrabas era también el tuyo, embriagaba y te habría el estómago aunque antes estuviera cerrado con un candado como el mío. Pero él no estaba allí.
Salí del restaurante y decidí que si no aparecía en 10 minutos me iría tal y como había venido. En el tiempo que pasé esperando pasaron por delante mío una pareja de abuelitos que me preguntaron por un buen restaurante para ir a cenar esa noche y justo cuando estaba a punto de sugerirles el restaurante en el cual supuestamente iba a tener la cena con el chico de las pecas apareció él, el chico, negándome desesperadamente con la mirada, la cabeza y el dedo índice de la mano derecha:
-Mmmmmm... ¡No!, ¡No!-les dije a los abuelitos de manera exaltada y sin saber bien bien que hacer.
-¿No es un buen restaurante para cenar, bonita?-me preguntaron con cierto aire de sorpresa y duda en el rostro.
El chico de las pecas por detrás de ellos me indicó que les dijera que no.
-¡¡No!!, no es un buen restaurante, hay uno mejor calle abajo donde la comida es buenísima, la comida de aquí es vomitiva... buahhh, es un asco, de verdad.
-Bueno, pues gracias, iremos al de abajo- y se fueron cogiditos de la mano.
-¿A qué ha venido eso?- le pregunté al chico confundida y enfadada.
-Verás, yo soy camarero de ese restaurante y mi turno acaba a las 21:30, pero hoy han venido más clientes de lo normal y por eso me he retrasado, por cierto, ¿Has estado esperando mucho?- negué con la cabeza. -Menos mal, lo siento- se disculpó. -Y bueno, si hubieran entrado esos abueletes mi jefe me habría hecho entrar a trabajar otra vez.
-Vaya, que jefe más majo- le dije mientras le sonreía un poco tímida.
-No lo sabes tú bien- soltó de forma sarcástica y mientras se reía por lo bajo. -¿Te apetece que vayamos a cenar? ¿Tienes hambre?.
-Claro, me parece muy bien. Tengo mucha hambre- y no mentía en absoluto.
Empezamos a bajar por la calle y cuando llegamos a la esquina me di cuenta de que el súper restaurante al que había enviado a los dos viejecitos no existía pues no había ni un solo restaurante más en toda la calle, pobres.
-A la derecha- me indicó viendo que andaba un poco desorientada. Y bien, ¿Qué tal tienes el labio?, veo que ya puedes hablar como una persona normal- bromeó.
-¡Qué gracioso!-le dije en torno sarcástico. -No te imaginas lo que me dolía, por eso no podía hablar bien.
-Hombre, fue un buen porrazo el que te pegaste.... pero me amenizaste el trayecto en el bus- me dijo sonriéndome a la cara.
-De nada, me alegra saberlo- me atreví por fin a sonreirle.
-Ahora a la izquierda, no está muy lejos y se come muy bien. Por cierto, ¿Cómo estás ahora?.
-Pues... algo nerviosa- confesé.
-¿Nerviosa?.
-Bueno... teniendo en cuenta que por no saber de ti, no sé ni tu nombre....
-Es verdad, menudo fallo... no sabemos nuestros nombres, ¿Cómo te llamas?
-No, no... he preguntado yo primera así que has de..... vale, parezco una niña de nueve años, perdona... me llamo Marina- le dije mirándole a sus preciosos ojos verdes oliva.
-Encantado- nos paramos y nos dimos dos besos. -Yo me llamo Miguel- me dijo mirándome a mis aburridos ojos marrones. -Es justo aquí, espero que te guste la comida étnica.
Y entramos los dos en el restaurante.
Marina

sábado, 31 de julio de 2010

Con la piel de gallina

La cena se acercaba y yo estaba cada vez más nerviosa.
Ese sábado por la mañana invité a Tina a tomar algo en mi casa aprovechando que no había nadie y con la excusa de que necesitaba que me ayudara con unos asuntos de la universidad pero en realidad, y ella lo sabía, quería que habláramos sobre la cena porque ella era la única persona a la que le había explicado todo lo que había pasado y necesitaba poder hablarlo con alguien, quería que me diera consejos, que me dijera si iba bien vestida y si debía maquillarme o ir más bien natural, necesitaba que me dijera que iba a pásarmelo fenomenal, que sería un chico majo y que almenos sería una experiencia bonita para mí... sí, no sé que haría sin mi pelirroja preferida, adoro a Tina.
-¿Qué te vas a poner?- me preguntó mientras se comía una estupenda muffin de chocolate.
-No sé....- le contesté mientras abría mi armario.
-¡¡Mentirosa!! Sabes perfectamente lo que te vas a poner desde que saliste de ese autobús... ¿o es que acaso estoy equivocada?- en ese momento me di cuenta de que quizá pasábamos demasiado tiempo juntas, ¿Cómo me podía conocer tanto?.
-Dios Tina, esto no es justo. ¿Cómo puede ser que no se te pase una?, ¿Cómo puedes saberlo siempre TODO de mí?
-Ayyy pequeña mía....te conozco como si te hubiera parido... además eres muy predecible y ya sabes, nuestra conexión especial- me guiñó el ojo.
Le saqué la lengua.
- Y bien, ¿Qué te vaff a poner?- me preguntó con toda la boca llena de muffin.
-No se habla con la boca llena, no es nada sexy no poder pronunciar la "S"- le reñí, en plan de broma, claro.
-¿¿¡¡Quieres contestarme de una puñetera vez Marina!!??.
- Anda, y ahora me vienes con palabrotas.... ayyyy.... bueno, voy a ponerme la falda oscura tejana de tubo con la camiseta esa que tengo que es rosa pálido con escote de barca y de calzado... las sandalias de tiras y tacón altito que me compré contigo en Sitges.
-mmmm ¡qué sexy!... esa falda te hace un culo muy mono y no es muy larga precisamente... y con esos tacones... ¡¡irás tremenda!!- me dijo con los ojos como platos.
-Pues este modelito me lo reservaba para ti... pero como no me invitas a cenar nunca...- Le dije haciendo morritos.
-Pues cuando quieras nena- contestó de forma sexy y moviendo las cejas hacía arriba dos veces.
Le tiré una almohada a la cara y después saqué del armario la falda y la camiseta.
-Aaaaaaa, ahora entiendo porque no has comido ninguna muffin- Dijo mientras me señalaba con el dedo.
-A ver Sherlock, sorpréndeme.
-Bueno... es que últimamente has engordado un pelín- Soltó mientras se reía.
-Capulla...- Le dije mientras le tiraba otra almohada a la cara.
-jajajaja, es broma, ya sabes para mí sieeeempre serás la más guapa del reino.
-Gracias espejito.
-De nada mala bruja.
-¿Pero el espejito no considera que la más guapa es la Blancanieves?
-Sí, pero porque va salido. Además, siempre le dice a la bruja que es ella la más guapa del reino... lo de la Blancanieves es sólo un pequeño momento de debilidad que tiene.
-Una mala vida la de ese espejito- le dije en tono triste y enternecedor.
-No lo sabes tú bien... ¿Vas muy salida?.
-Tina, porfavor....-le protesté incrédula a lo que me había preguntado.
-No, te lo digo para que en la cena no confundas malas brujas con Blancanieves.
-Tranquila, no voy muy necesitada... mientras no me envenene ninguna manzana todo saldrá bien.
-Está bien...
Me empecé a poner o a enfundar la falda más bien, Tina tenía razón, había engordado un poquito desde que me compré la falda y ahora costaba entrarla.
-Dime Tina, ¿Parezco un chorizo?.
-Mmmmm no sé, no sé... más bien una morcilla.-sonrió.
-JA, JA muy graciosa. -le dije mientras me iba poniendo de los nervios.
-Estás preciosa, de verdad.- volvió a sonreir. -Ese chico va a ser muuuy envidiado esta noche.
-Vale, bueno, voy a maquillarme... ¿Tonos grisáceos o rosas?-pregunté.
-No no, sombra rosa tirando a naranja, colorete rosita pero labios marrón anaranjado, ¡Ah! la raya de los ojos gris y poquito rímel- soltó de carrerilla.
-Joder Tina, ¡Qué rápida eres!.
-Gracias- me dijo mientras pegaba el último bocado a la muffin.
-No, gracias a ti.... eres la mejor.
-Bueeno, sip, sip, sip... me lo suelen decir mucho. -¿Y qué?- preguntó.
-¿Qué de qué?- le dije mientras me ponía un poco de rímel en las pestañas.
-¿Qué esperas de esta noche?.
-Pues de momento espero llegar a tiempo al restaurante porque voy justa y encima no sé dónde está.
-Va Marina, ahora en serio... ¿Qué crees que pasará?
-Pues que hablaremos, comeremos, después saldremos a tomar algo y bueno, espero pasármelo bien con él y si puede ser... conocerle un poco mejor.
-Vale, pero acuérdate de la norma básica- me miró a los ojos y repetimos las dos a la vez: ¡Nunca en la primera cita!.
-Bueno, pues ya estoy... ¿Qué tal?
-¡Fantástica,! ¡radiante!, ¡espectacular!, ¡estás para mojar pan!- me dijo mientras salíamos de casa y yo cerraba la puerta con llave.
Mientras bajamos por las escaleras no nos dijimos nada, a veces los silencios dicen todo lo que no nos atrevemos a decir pero sólo una persona que te entienda de verdad es capaz de escuchar esas palabras mudas.
-Ten mucho cuidado, pásatelo genial, no bebas mucho y ¡disfruta!.- me dijo Tina mientras me miraba a los ojos.
-Te lo prometo.
Nos dimos dos besos y nos despedimos.
Ya mientras iba caminando y estaba a punto de girar la esquina escuché: ¡-¡¡Marina!!!, cuando llegues a casa llámame, ¿¿¡¡Entendido!!??, quiero saberlo absolutamente TODO, sea la hora que sea- era Tina, como no, le asentí con la cabeza y le guiñé el ojo, pensaba hacerlo igualmente aunque no me hubiera dicho nada.
Eran las 9:10 y estaba claro que iba a llegar un poco tarde, empecé a ponerme nerviosa y me vino una brisa de aire, en ese momento la piel se me puso de gallina.
La cena estaba muy cerca.
Marina