domingo, 1 de mayo de 2011

Esta vez sí

Fueron las dos semanas más largas de mi vida. Por la mañana, al despertarme, todo se me hacía cuesta arriba porque significaba que aún tenían que pasar X días hasta poder ver a Miguel, las clases eran aburridas ni siquiera Tina me las podía animar, las tardes eran peor porque tenía que estudiar sin ganas y con la cabeza más en Gràcia que no en el libro que tenía delante y por las noches sufría pequeños episodios de insomnio que por suerte se arreglaban con dos valerianas. Ahora entendéis por qué fueron unas pésimas semanas, ¿verdad?.

Pero por suerte ( o por desgracia ), todas las cosas tienen un tiempo limitado y esas dos semanas no iban a ser una excepción. Ese lunes desperté contentísima, desayuné como nunca y hasta le di un beso de buenos días a Martí, las clases pasaron rápido y ese día Tina parecía estar envuelta en un aura que con tan sólo mirarlo una oleada de carcajadas te salían de lo más interior de tu ser.
Una vez en casa me senté a leer un ratito pero en 40 minutos no pasé de página ni una sola vez pues tenía algo en el estómago con lo que se me hacía imposible prestar atención a la historia, finalmente desistí y dejé el libro encima de mi cama. No sabía qué podía hacer para entretenerme así que me decidí a ir andando hasta Gràcia ya que eso seguro que me entretendría y así haría estómago para poder comer unos buenos tallarines al pesto en el restaurante de Miguel.

Por uno de esos caprichos del destino esa semana se estrenaba la nueva entrega de "Piratas del Caribe" así que en todas las paradas de autobús y en todas las marquesinas con las que me cruzaba por el camino aparecía el rostro del Capitán Jack Sparrow y cada vez que lo veía se me aparecía la sonrisa pícara de mi particular Capitán. Decidí que eso no estaba bien ya que en cuestión de minutos iba a ver a Miguel así que me pasé el resto del camino mirando hacia los adoquines de las calles. Así, unos adoquines hexagonales y con dibujos de Gaudí me indicaron que ya estaba en Passeig de Gràcia y que tan sólo tenía que callejear un poco más para llegar al restaurante.

A eso de las 20.30 mi mano derecha se encontraba girando el pomo del restaurante mientras que en la mano izquierda tenía cogida fuertemente la bolsa en la cual llevaba el jersey de Miguel. Conté hasta tres antes de abrir la puerta, estaba algo nerviosa... uno, doooos, dos y medio, dos y tres cuartos, dos con nueve, dos con nueve períooodo y cuando ya se me acababan los número para llegar hasta el tres la puerta se abrió para dentro y yo, que estaba bastante apoyada en ella... caí a cuatro patas sobre el suelo del restaurante. Por suerte, nadie pareció haberse dado cuenta y tan sólo tuve que recibir las atenciones del camarero que había tirado de la puerta debido a mi indecisión para hacerlo.

-Vaya, lo siento, ¿está bien?- dijo casi de carrerilla el camarero que había abierto la puerta.


-Sí, creo que no me he hecho nada - y entonces me dí cuenta de que el labio me sangraba un poco. El camarero debió percartarse también y me acompañó ambclemente hasta el baño de mujeres. Cinco minutos después salí del baño sin sangre en los labios pero con la dignidad por los suelos.


-¿Quieres quedarte a cenar? invita la casa por lo ocurrido-. Pobre camarero, creo que se veía con una denuncia puesta.


-No, no qué va. Bueno, sí, me quedo a cenar pero tranquilo, no hace falta que invite la casa-. El camarero de acento cubano me estuvo insistiendo durante más de dos minutos y finalmente llegamos a un acuerdo, el restaurante me invitaba a las bebidas. Después del regateo me acompañó hasta mi mesa y me pidió rápidamente nota.-Unos tallarines al pesto y un agua natural de grifo, gracias-. El camarero después de indignarse por el agua y de reír por lo bajo se fue hacia la cocina para anunciar mi pedido.

Si la primera vez que vi aquel restaurante se me antojó como un lugar desconocido, por aquel entonces ya se me antojaba como un sitio familiar.
Sorprendentemente lo primero que hice no fue buscar desesperadamente a Miguel, sino comer un paquetito de palitos de pan que había al lado de los cubiertos y aunque la sal de los palitos hacía que me escocieran un poco los labios hay que reconocer que estaban deliciosos. Después de esto, ya sí que empecé a mirar, disimuladamente, hacia todos los lados del restaurante, pero no había ni rastro de él. Empecé a preocuparme e intenté autoconvencerme de que si me habían dicho que iba a estar sólo dos semanas de baja iban a ser dos semanas, ni un día más, ni un día menos y que hoy ya tenía que estar trabajando. Decidí pensar en otra cosa y entonces me percaté de que esta vez no había notado el olor de salsa a los cuatro quesos que siempre ronda en la atmósfera del restaurante, así que me concentré y concentré hasta que por fin me percaté de ella y supuse que no la había notado porque mi olfato ya se había acostumbrado a ella. También me obligué a pensar en el examen que tenía en dos días y del cual sabía que nadie iba a salir vivo porque la Peláez nos iba a escarmentar por nuestro comportamiento, ya que no parábamos de hacer bromas con los nombres de los fármacos, como por ejemplo "lapdelpeltiubdeal" que era un estimulador del ánimo y el nombre del cual recodábamos gracias a esta oración "la pesada de la Peláez tiene un bigote descomunal". Pero como humana que soy caí en la tentación de volver a preocuparme por la ausencia de Miguel, llevaba ya más de 20 minutos en ese restaurante y aunque yo no le hubiera visto, él ya me habría visto a mí y me habría venido a saludar, en teoría. Pero de repente, cuando ya no me apetecía estar allí y muchos menos me apetecía ese plato de tallarines al pesto una copa de vino rosado apareció en mi mesa, miré a mi derecha y allí estaba él, allí estaba el chico de las pecas en los brazos, allí estaba Miguel.


-¿Siempre tienes que entrar a los sitios haciendo numeritos?-. Una sonrisa dulce y divertida asomó en nuestros respectivos labios aunque los míos aún estuvieran algo resentidos del golpe contra el suelo del restaurante. Empecé a recordar mi estrepitosa caída en el autobús y en la del restaurante y empecé a ponerme un poco roja.


-Ya ves, las buenas costumbres nunca se abandonan.-Respondí algo avergonzada.

-Tienes mucha razón, por eso te he traído este vino rosado, como en nuestra cena.- y se frotó el labio inferior con el superior, un gesto que ya había hecho a menudo y que a mí me encantaba.

-Desde luego es mucho mejor que el agua de grifo que había pedido-.Repuse.

-Infinitamente mejor.- me miró fijamente a los ojos, me dijo un pequeño adiós con la mirada y después se fue a servir más mesas.

Aunque yo estaba segura que ese "adiós" con la mirada no era más que un "hasta luego".






Marina

jueves, 21 de abril de 2011

En familia

-¡Hola!, ¡Ya estoy aquí!-cerré la puerta de casa.

-¡¡Cuidado!!, ¡Meteoritos!-.Me giré rápido, pero ya era tarde, un cojín del sofá me impactó en toda la cara.. plaf!! otro cojín me impactó, pero esta vez algo más fuerte.-No te quejes, te he avisado.-Dijo Martí con una voz de pillín que ni él podía con ella.

-¿Sí?, espera a ver mis meteoritos, aunque a decir verdad no podrás verlos de lo rápido que van-. Cogí uno de los cojines y se lo lancé con todas mis fuerzas hacia él, se lo tiré tan fuerte que cuando le dio se cayó de culo al suelo y empezó a reírse con una de esas carcajadas que sólo los niños tienen, inocentes y verdaderas.-Por cierto, monstruo, mamá te va a reñir si ve que has estado de pie con las bambas puestas en el sofá.

-No son bambas, son zapatos y no las llevaba puestas-. Y se las empezó a quitar apresuradamente.

-¿Pero cómo puedes ser tan falso?-. Le tiré otro cojín que le hizo caer de nuevo al suelo cuando intentaba incorporarse. Otra graaaan carcajada.-Bueno enano, voy a cambiarme, ¿Sabes si falta mucho para cenar?.

-No sé, hay croquetas, pero no te voy a dar ni una.

-Claro que no, uhmmm sé de alguien que no va a comer después helado de chocolate.-le dije mientras me dirigía a mi habitación. Cerré la puerta y puse algo de música, la verdad es que ahora no recuerdo exáctamente qué puse, sólo sé que me acompañaba a la perfección, mientras me quitaba la ropa y me ponía un pijama, ya que el ritmo de la música se movía a mi compás. Cuando ya estaba cambiada, me hice una coleta mirándome en el espejito de mi habitación, al lado del cual tenía una foto de Tina y mía que ya tenía unos años, me fijé en que llevaba una camisa de mi madre y en que tenía el pelo más largo y más rojo, Tina en cambio seguía igual, con su pelo rojo, rizado y alocado (como ella), su cicatriz en la barbilla de cuando se cayó con la bicicleta y su pequeño tatuaje en el cuello. Quise llamarla para saber de ella y sobretodo para saber cómo le iba con Julia, pero entonces la puerta de mi habitación se abrió y asomó una pequeña silueta que se dispuso a saltar encima mío, Martí de nuevo, me arrodillé y le cogí en brazos, fuimos hasta la cocina, le senté en su silla y me comí una croqueta delante de su cara.

-Marina, no te comas aún las croquetas.-Mi madre, la mejor croquetera del mundo, si es que existe este término. -Anda, dale una a tu hermano que se le está cayendo la baba.-Y no lo decía metafóricamente.

-Bueno, la ensalada ya está.-Esta vez era mi padre, un desastre en la cocina y al cual tan sólo le podemos dejar a cargo de las ensaladas y del pan con tomate.-Le he puesto uvas, para cambiar un poco.

-Awesome honey-. Y mi madre besó a mi padre, no solemos hablar en inglés en casa porque en seguida nos dimos cuenta de que la mejor manera para que los tres habláramos bien español y catalán era hablarlo en casa, aunque de vez en cuando lo hablábamos para inculcárselo a Martí.-Ross, can you pass me the salt?.

-Take it!.-Y Martí se la lanzó al aire ya que estaba más cerca él que mi padre y sí, la sal acabó en el suelo.

-Torpe.- Dijo mi hermano.

-Anda Martí, busca la escoba-.Ordenó mi madre.

De mientras mi padre y yo íbamos haciendo el pan con tomate a la vez que escuchábamos las noticias por la televisión, y vi pasar lo que parecía una escoba flotante a mi lado, pero no, iba sujetada por Martí, la verdad es que era bastante bajito.

Después de recoger la sal, mi madre la tiró en la basura, mi padre rellenó los vasos con agua y nos sentamos en nuestros respectivos sitios, para cenar en familia.

Le pasé una rebanada de pan a Martí y el me quitó una croqueta de mi plato, le añadí ensalda en su plato y me quitó otra croqueta, me cansé y le mojé la cara con agua de mi vaso, me devolvió las croquetas y empezó a reírse, mis padres le imitaron y yo me comí mis croquetas más feliz que una perdiz.

Marina

martes, 29 de marzo de 2011

De visita

Al salir de clase siempre tengo una sensación que se debate entre la liberación y el cansancio, pero ese día era diferente. Me sentía pletórica, lo expresaba, sonreía todo el tiempo y el trayecto en el bus hasta llegar a casa se me antojó breve como un suspiro. Bajé del autobús de un salto, la cual cosa no fue nada fácil con los tacones que llevaba, subí las escaleras de mi edificio a una velocidad comparable a la de los trenes, introduje con precisión la llave, -Mamá! Papá! Despojo humano! Ya he llegado!!!, tiré la mochila sobre el suelo de mi habitación, escuché a Martí quejarse de mis "motes cariñosos" hacia él, me miré en el espejo del recibidor y lo que vi era bastante aceptable así que procedí, -Adiós mamá! papá! mugroso! me voy!! vengo para cenar!!, bajé las escaleras corriendo y sujetada fuertemente a la barandilla porque con esos tacones... podía morir en el intento, me introduje en la apelotonada boca de metro y después de estar esperando 5 angustiosos y calurosos minutos con sus respectivos 35 lentos segundos llegó el metro que me iba a llevar hasta Gràcia.


Durante el trayecto estuve pensando en si debía buscar a Miguel o a Sparrow... Miguel me había hecho pasar unas horas especiales, agradables, únicas pero me había practicamente abandonado después de la cena y quizá lo que pasara es que no quería volver a verme. Sparrow... me había refugiado cuando yo estaba más vulnerable, me había tratado genial y había pasado unas horas inolvidables bajo las sábanas de color vino, pero quizá para él no era más que otro pez al que pescar cuando éste está a punto de ahogarse.


Catalunya, Passeig de Gràcia, Diagonal... me acercaba ya a Fontana, ¿a dónde iba a ir?, al restaurante dónde trabaja de camarero Miguel, al restaurante hindú donde estuvimos cenando, al pub al que me sugirió irme a hacer una copa yo sola, a ese mismo pub dónde Sparrow me hizo sonrojar por la espuma de cerveza que tenía sobre los labios y dónde fui intoxicada por unos cacahuetes asesinos ¿o tendría que haber cogido el 59, haber ido hasta la Barceloneta y picar en la puerta del apartamento de Sparrow?, demasiadas preguntas para el minuto y medio que separa la parada de Diagonal y Fontana.



"Pròxima parada... Lesseps", ¿Querrían verme?, ¿Qué les iba a decir?, ¿Qué hacia si veía primero a Miguel o si veía primero a Sparrow?, ¡o peor! ¿Qué iba a hacer si me los encontraba a la vez?, Lesseps, ¿Lesseps?, ¿¡¡Lesseps!!?, ¿¿¿¿¿¡¡¡¡¡Cómo había podido pasarme de parada!!!!!???? mierda, joder.... bueno, tranquila te bajas aquí y retrocedes andando y en menos de cinco o diez minutos llegas a Fontana.... ¿Con estos tacones?, quince, quince minutos.


Veinte minutos más tarde me encontraba ya por fin en la parada de Fontana, tan sólo tres calles me separaban del restaurante dónde trabaja Miguel, y después de pensarlo mucho, decidí acercarme. Mientras caminaba empecé a recordar la noche de la cena con Miguel, el estado de nervios, curiosidad y miedo con el que poco a poco me iba acercando al restaurante y ahora, me sentía, quitando el miedo, de la misma manera. He de reconocer que tenía unas ganas locas de volver a verle, de oír su voz, de poder devolverle el jersey en otra cena como la que tuvimos, de reírme con él, de abrazarle y de volar a su lado.


"La casa di la pasta", aquí era. Miré el interior del restaurante desde fuera pero no vi ni rastro de Miguel, con cuidado abrí la puerta del restaurante y un olor a salsa de cuatro quesos volvió a inundarme. Pude ver a los camareros cenando juntos en una mesa, pues el restaurante aún no estaba abierto a la clientela.


-¿Querías algo?-me preguntó un señor mayor, algo barrigón, con el pelo blanco como la nieve y una barba bien cuidada. Iba vestido de camarero pero su traje era de diferente color al del resto de camareros, seguramente sería el encargado.

-Emmm, no, nada... ya me voy- eché un último vistazo pero Miguel no estaba en ninguna parte visible para mí del restaurante.

-Ah, bueno, abrimos dentro de una hora, ¿Quieres que te reserve una mesa?- ofreció el señor mayor a la vez que se levantaba de la mesa.

-En verdad estoy buscando a una persona, pensaba que trabajaba aquí.- sentí que había sido algo brusca al rechazar la invitación pero en ese momento tan sólo me importaba una cosa, ver a Miguel.

-Si me dices su nombre tal vez podemos ayudarte.-Sentí como todos los camareros me miraban de golpe.

-Busco a Miguel.-Noté como el semblante del señor mayor cambiaba.

-Miguel no trabaja ya aquí.-Vi como los camareros se miraban entre sí y el señor mayor bajaba la mirada.

-Ah, y... bueno, ¿sabes dónde puedo encontrarle?.-dije ya algo preocupada.

-No creo que eso vaya a ser posible, preciosa.

-¿Porqué? ¿Le ha pasado algo?- noté como toda la sangre del cuerpo se me iba a los pies, veía borroso, no podía ser que le hubiera pasado nada, al chico de las pecas en los brazos no, a él no.

El señor mayor tuvo que apreciar mi preocupación porque me invitó a sentarme en una silla, lo rechacé, prefería estar de pie para poder escapar de ese momento, de esa situación.

-No, no, tranquila está bien, de verdad. Miguel sólo se ha tomada unos días de baja, a veces tiene migrañas terribles en las que no puede ni oír el ruido de los tenedores al tocar el plato y claro, es algo muy difícil de evitar en un restaurante.

La sangre me volvía al cuerpo, mis ojos se centraban y mi corazón dejó de saltar a la comba.

-Entonces está bien, a parte de las migrañas, ¿no?.

-Claro, perdón si te hemos asustado, no era para nada nuestra intención.

-No qué va, bueno sí, un poco, pero es que soy muy asustadiza y me pongo siempre en lo peor... joder, perdón, ¡ooh menos mal que está bien!.-¿Cuándo volverá?.

-Pues no creo que tarde ya mucho, supongo que en un par de semanas estará sirviendo macarrones como siempre.

-¿Un par de semanas?, pobre, menudas migrañas... está bien, ya volveré dentro de unos días.

-¿Quieres que le digamos algo de tú parte?.

-No, gracias.

-Está bien, ¿le decimos al menos que te has pasado por aquí?.

-No, mejor...mejor decidle que tengo su jersey.-Muchas gracias por todo y que aproveche.

-Por descontado que se lo diremos, ¿No quieres quedarte a cenar aquí?, mira que tenemos los mejores tallarines al pesto de la manzana.

-¿De la manzana?.

-Sí, los del restaurante de la esquina dicen que tienen los mejores del mundo, pero los nuestros son los mejores de esta manzana.

-¿Cómo con los Stradivarius?

-Exacto, una chica lista.

-Bueno, se intenta. Muchas gracias pero ya me pasaré otro día a probar esos tallarines, ahora debo irme, gracias.

-Adiós, por cierto, ¿Cómo te llamas? así se lo digo a Miguel.

-Marina, dile que me llamo Marina.


Bien, ya que no había podido ver a Miguel me dispuse a ir al pub a ver si tenía mejor suerte y veía a Sparow. Cuando estaba a punto de llegar al pub levanté la mirada y vi el balcón dónde Miguel y yo cenamos, esos cojines en vez de sillas y el mantel con el color como el mar después de una tormenta. Vi sus ojos verdes, su jersey verde claro, su risa, su copa de vino. Sin darme cuenta me encontraba en el metro de vuelta a casa, ni si quiera había llegado a ver la Harley colgada de la pared del pub. Volvía con sólo un pensamiento, de hecho sólo un nombre, Miguel.

Marina

viernes, 4 de marzo de 2011

Mientras dormía...


Era un lugar idílico. Rodeado de montañas se encontraba el lago de aguas cristalinas y en medio, envuelta en sus aguas, me encontraba yo. No había nadie conmigo allí y yo nadaba, jugaba a dibujar ondas en el agua con las puntas de los dedos y a aguantar lo máximo posible debajo del agua porque al sacar la cabeza de ella una seductora brisa llenaba mis pulmones y me hacía sentir completamente viva. No había ningún ruido que no fueran mis chapoteos o los pájaros que volaban de un árbol a otro. Tenía el cuerpo, despojado de cualquier ropa y hundido bajo el agua pero mantenía la cabeza fuera y con los ojos cerrados dejaba que la pequeña corriente de agua que había me llevara y me arrastrara a dónde fuera, porque ese lugar era seguro. Abrí los ojos, el sol, cerré los ojos, los volví a abrir, una pequeña nube que atravesaba el cielo, los cerré, los abrí y vi a las hojas de los árboles moverse, cerrados, cerrados, cerrados, un destello de luz se posó en mi mirada aun teniendo los ojos cerrados, los abrí y la luz, ahora deslumbrante e hiriente del sol, me cegaba, la corriente empezó a arrastrarme más fuerte, notaba que me cogía de los pies y los estiraba hacia dónde ella quería, me dolía mucho, me hundió en el agua, no podía salir, no veía nada, se me acababa el oxígeno y aquello no paraba de coger y tirar de mis pies, me los hubiera arrancado si hubiera podido. Pero de repente, algo seguro y nuevo, aunque en el fondo conocido, me cogió de la mano y me llevó hacia él, la corriente se fue y mis pies quedaron liberados, saqué la cabeza a la superficie y respiré de aquella brisa que antes se me antojaba fresca y que me llenaba de vida. Miré hacia mi alrededor pero no vi nada, ni un rastro de aquello que me había salvado de la eternidad de las aguas. Una nube pasó delante del sol y entonces lo pude ver, algo o alguien nadaba hacia la orilla opuesta a donde estaba yo. Empecé a nadar y aunque sea totalmente incompatible, llegué a volar en el agua sólo para llegar hacia esa figura que se movía ágilmente. Cuando la tuve más cerca pude ver que esa figura era una persona, un hombre en la orilla del lago de espaldas a mí. Me puse en pie y me aproximé lentamente hacia él, me quedé unos segundos quieta y luego, le abracé quedándonos así unos largos, acogedores y únicos segundos. La nube se apartó del sol y quedé otra vez ciega en medio de la luz, pero le notaba, estaba allí aunque no le viera. Le besé lentamente la espalda hasta llegar a su cuello, se giró y me acarició la cara con sus manos, me puso mi mojado pelo detrás de las orejas, me besó en la frente y se fue, caminando y sin mirar atrás. Intenté llegar otra vez hacia él, pero no conseguía llegar nunca y sin más, le perdí de vista. Y yo me quedé allí, otra vez sola, con la brisa fresca y los pájaros volando de un árbol a otro pero ahora el agua estaba fría, gélida y ya no daba ningún gozo bañarse en ella.
Desperté en mi cama, estaba lloviendo y el agua de la lluvia entraba por la ventana de mi habitación, estaba fría, gélida.
Marina

viernes, 18 de febrero de 2011

Tina, la iluminada


A los dos días del accidente con los cacahuetes aun no me encontraba del todo bien por lo que estaba todo el día en casa, con el pijama, las zapatillas y el pelo más revuelto imposible de imaginar.
Mis padres me habían dejado durmiendo en mi cama porque tenían que llevar a mi hermano a una fiesta de cumpleaños. Recuerdo que estaba en un sueño profundo, de esos en los que ni siquiera hay lugar para los sueños, mi consciencia era un gran agujero negro. Pero entonces escuché algo que me hizo abrir los ojos, primero me di media vuelta y volví a dejar que mis pestañas se encontraran con mis marcadas ojeras, pero el ruidito era incesante y no paraba de sonar, envolví mi cabeza con la almohada formando un curioso "hot dog" pero como el ruido no paraba no tuve otro remedio que levantarme y averiguar qué es lo que era.

Finalmente, después de cinco minutos arrastrando los pies por el suelo de casa descubrí que el ruido no era más que el telefonillo. Lo descolgué con desgana y entonces, una voz chillona y penetrante entró en mí por mis oídos, Tina.

-Marina, soy yo. Ábreme.
-Tía, estoy hecha un asco y además estoy cansada.
-Mira, seguro que te he visto en peores situaciones y de lo que estás cansada es de estar todo el día tirada en la cama sin hacer nada. Abre.
-Venga, sube. Voy a ir preparando algo para tomar y hablamos.

Creo que no llegué a acabar de decir esta frase que ya la tenía en mi rellano.
Me dio un abrazo enorme.

-Te he echado de menos.
-Pero si sólo hemos estado dos días sin vernos.
-¿Te parece poco?
-Sí, demasiado poco.- me reí y la abracé igual o más fuerte que ella había hecho antes conmigo. -Pasa, voy a poner agua a hervir para hacernos una tisana y sacaré cookies de chocolate... aunque yo no puedo comerlas aún.
-Vaya, es que menudo susto Marina... no se te puede dejar sola.
-Anda, pero si estabas conmigo en el bar en el momento en que me comía los cacahuetes.
-Mentirosa... yo estaba con la chica que conocí y tu estabas hablando con un tio que estaba como un tren.
-Ya... no sé ni cómo se llama.- Saqué el agua ya lo suficientemente caliente y puse una poca en cada una de las tazas, Tina añadió la bolsita de tisana.
-Pues creo que tienes mucho que explicarme.
-No lo dudes, tengo muucho que decirte. Y te sorprenderá.
-Ya... pues creo que la que te va a sorprender voy a ser yo.-Dio un mordisco a una cookie causándome una envidia descomunal, cogió aire y dijo: Creo que me he enamorado.
Me reí, de la boca me salió todo el trago de tisana que había tomado, me continué riendo por al menos un minuto , cuando vi que realmente Tina no bromeaba paré en seco.
-¿Ya?, no sabía que era tan gracioso.-dijo con un semblante algo ofendido.
-Lo siento, es que... me ha sorprendido mucho, pero explica explica.
-Es la chica que conocí en el bar, se llama Julia y no me la he quitado de la cabeza desde entonces.
-Era muy guapa.
-Lo sé, pero no es eso. Nos besamos una vez pero ya está, no pasó nada más, tan sólo estuvimos hablando toda la noche hasta que salió el sol y el pub cerró.
-Pues éso no es nada normal en ti, tus noches no suelen acabar con una simple charla.
-Marina, no sé lo que me pasa.
-Si ya me lo has dicho antes, estás enamorada.
-Pero... si sólo estuvimos hablando unas cinco o seis horas.
-A veces es necesario tan sólo un segundo, te lo digo por experiencia. ¿Cómo es ella?.
-Bueno, tiene el pelo más suave del mundo, de un color castaño oscuro que le realza sus ojos también oscuros, tiene una pequeña cicatriz rosada en la barbilla, pero no se le nota mucho porque tiene una tez muy clara y bueno, es... genial. Está haciendo prácticas en un bufete de abogados y habla castellano, catalán, inglés y turco. Es divertidísima, toca el saxofón en una orquestra y puede mover las orejas. Le gusta viajar, estuvo viviendo dos meses en Dublín y fue allí dónde aprendió a hacer cerveza. Le encanta leer y Antonio Machado es su poeta preferido, ¡igual que yo!. Es fantástica Marina, jamás he conocido a nadie como ella.
-Vaya, te gusta de veras.- me quedé maravillada, Tina estaba enamorada, era algo insólito, me alegré mucho por ella porque sabía que algún día encontraría a la chica y que en su caso, sería la buena.
-¿Qué hago Marina?.- dijo con una cara de verdadera preocupación.
-¿Cómo que qué haces?, volver a verla, estar con ella y hablar. Podéis ir a tomar algo, al cine o simplemente ir a pasear, es lo que se suele hacer en estos casos.-Tina nunca había tenido una relación que durara más de una noche y estas cosas no las conocía.
-Tengo miedo.
-No lo has de tener, saldrá bien. En fin, es Julia, ¿no?, parece una chica genial y seguro que también quedó "iluminada" contigo.
-Eso espero.
-Claro que sí boba.
-Marina.
-¿Sí?.
-Gracias, no sabía qué hacer. ¡Ah!, y la tisana y las galletas buenísimas.
-De nada, y bueno... ¿no quieres que te cuente mi parte?.
-Me muero de ganas por escucharla.

Le expliqué todo lo que había pasado con Sparrow en su casa y en el hospital, le confesé lo que pensé estando en la camilla del hospital y le hice partícipe de lo que pensaba hacer. Y como era de esperar también la sorprendí.

Marina

lunes, 31 de enero de 2011

En la camilla...

Estirada en la camilla, minutos después de que Sparrow se fuera y minutos antes de que mis padres vinieran a verme, empecé a pensar sobre cómo había cambiado todo.
Nunca he deseado cruzar el pasillo central de una descomunal iglesia rodeada de flores blancas, envuelta en un precioso y largo vestido blanco mientras un cuarteto de cuerdas tocan la marcha nupcial y nunca se me pasó por la cabeza que la persona que me esperara al otro lado del pasillo con los nervios a flor de piel fuera algo parecido a un príncipe de algún país nórdico... de eso, ya se encargaba mi hermana pequeña. Supongo que ésta sí era la boda que ella quería.
Yo me conformaba con encontrar a ese alguien hecho para hacerte sentir bien cuando estás mal y hacerte sentir aún mejor cuanto toda te va ya genial. Alguien con el que compartir los éxitos y porqué no, también los fracasos. Alguien al que enviar un sms a las tantas de la noche y hacerle sentir bien. Alguien que me hiciera sentir deseada. Alguien al que, aunque no me diera cuenta, necesitara. Alguien con el que ir compartiendo gestos. Alguien al que sacar la lengua o guiñar el ojo.
Recapacité en cuántas veces había creído encontrar a ese "alguien". En todas las ilusiones puestas en un "proyecto" que después, tan sólo quería tirar por la ventana.
Antes de mi estrepitosa caída en el autobús había tenido ya algunas relaciones. A los cuatro años (quizá el que te hace sentir más como una auténtica princesa), a los catorce (rápido y nada bonito), a los dieciocho (el más largo, el más novedoso, el que te hace dejar de pisar el suelo y en mi caso, con el que .... se notó más el deseo y la tentación que el amor) y a parte de estos tres, ninguno más.
Sí es verdad que me había fijado, pero por miedo, por vagancia o por descuido, renuncié.
Nunca me he sentido deseosa de tener una relación, de hecho, no la quería, no la necesitaba y siempre que lo pensaba me agobiaba. Además, siempre lo he pasado muy bien, con mis amigos, mis padres, mi hermano, la universidad, las fiestas, los bares, Tina y sus continuas locuras.
Pero hay un momento, que todos experimentamos, en el que se enciende algo dentro de ti, quizá no sabes muy bien qué es, pero lo descubres cuando te das cuenta de que no tienes a ese "alguien" del que hablaba antes.
Ese momento para mí fue la fiesta de la que ya escribí en la primera entrada de este blog.
Y entonces, segundos antes de que mis padres aparecieran por la puerta de la habitación, me di cuenta de que quizá había dejado escapar a ese "alguien". Quizá tenía su jersey, quizá lo único que quedaba de él era una apretujada lata de Cocacola tirada en la basura o que quizá no era ninguno de esos dos y era el camarero del pub o el enfermero que me había atendido. No podía saberlo. Pero de una cosa me percaté, a todos esos "alguien" los había conocido por casualidades, de hecho, por malos momentos. Y pude descubrir que quizá en estas cosas del amor (y me cuesta mucho escribir esta palabra) la ley del "causa y efecto" no existe.
Justo cuando vi entrar a mis padres de la mano, supe que lo que había pasado en los últimos días había sido por algo, supe que tenía que volver a ese restaurante hindú, supe que tenía que devolver el jersey a Miguel, supe que tenía que volver al pub de Gràcia y supe que tenía que comprar una funda de sofá a Sparrow.
Mientras escribo esto ya sé quién es ese "alguien". Sé si es uno de ellos dos o no, sé si fui una tonta que deliraba en la camilla o es que realmente, tuve una buena corazonada. Pero es algo, que ahora no voy a escribir... porque a esta historia aún le queda mucho para contar.
Marina

miércoles, 26 de enero de 2011

Las cartas sobre la mesa


No tardó en venir, llevaba una lata de Cocacola en la mano.

-¡Buenos días!, ¿Qué tal te encuentras?.

-¿Qué me ha pasado?- le pregunté mientras él se acercaba cuidadosamente a mi camilla.

-Que no me hiciste caso.

-¿Cuándo?.

-Cuando estábamos en el bar- dio un trago de Cocacola.

-¿En qué no te hice caso?.

-Te dije que no comieras los cacahuetes pero no me hiciste caso, es más, recuerdo con una completa y absoluta nitidez cómo me dijiste que siempre haces lo que quieres.

Le hice una mueca, él tenía toda la razón del mundo.

-Bueno, y bien bien, ¿qué me ha pasado?.

-Una intoxicación y una deshidratación de caballo es lo que te ha pasado, y bueno, por no mencionar la cantidad de alcohol que tomaste anoche.

-Oooh soy ridícula.

-No, no lo eres- se sentó en la butaca y echó un vistazo a la revista que había encima de ella.


Un silencio catedrático se apoderó de la habitación. Cerré los ojos por unos segundos, luego los volví a abrir para poder ver qué hacía Sparrow. Él seguía leyendo la revista de decoración.

-¿Qué haces?- le pregunté, echaba en falta hablar con él.

-¿A ti qué te parece?- contestó sin levantar los ojos de la revista.

-Bueno, seguro que jugar al parchís no.

-Vaya, desde luego tu pérdida de conocimiento ha afectado a tu capacidad de retórica.

-Vaya, desde luego tu revista de decoración ha afectado a tu capacidad de empatía.

-Uhmmm, podría haber estado mejor, Susannita. Estoy mirando a ver si encuentro un sofá bueno, bonito y barato porque desde luego el que tengo está para tirar.

-Yaa, bueno lo siento.

-Tranquila. En la página 128 hay uno que está bien. Sale a 80 euros.

-¿¿80??, menuda ganga.

-Sí, por persona no está mal.

-¿Por persona?, ¿Vives con alguien más?.

-No.

-¿Entonces?.

-A ver Marina, el sofá será mío, ¿pero por culpa de quién tengo que comprarme uno nuevo?, además, lo vamos a disfrutar más veces.

-Vale, vale, vale. Punto uno: No pienso pagarte el sofá, lo mío ha sido un accidente y lo ibas a tirar de todas formas, recuerdo con una completa y absoluta nitidez (pronunciando sus antiguas palabras) cómo me lo dijiste (me guiñó un ojo). Punto dos: no me culpes de nada, como ya hemos dicho... fue un accidente. Punto tres: ¿A ti qué te hace pensar que lo vamos a disfrutar más veces?.

-¿Y el punto cuatro?- me dijo con ganas de que abordáramos ese punto, pero yo no tenía ni idea de a qué se refería. Entonces caí, acababa de llamarme por mi verdadero nombre, Marina.

-¿Cómo lo sabes?- le pregunté un poco a la defensiva.

-Tuvimos que mirar tu identidad en el DNI. Sabía que me mentías. ¿Por qué lo hiciste?.

-No sé... bueno, supongo que de vez en cuando es bueno ser otra persona.

-Pero eso es un delito.

-No, no lo es. Es un delito suplantar una identidad, yo simplemente he inventado ser alguien que no soy.

-Igualmente arderás en el infierno por mentir.- soltó algo irónico.

-En el infierno ya estuve anoche contigo.

-¿Sí?, vaya, porque yo estuve en el cielo.

Callé, no sabía qué decir en ese momento, quizá sí que me había afectado mi pérdida de conocimiento.

-Dime el tuyo.-le dije duramente.

-¿El qué mío?.

-Tu nombre.

-No te lo pienso decir.

-Yo ya te he dicho el mío.

-No, yo he descubierto el tuyo- dijo enfatizando el "yo".

-Dímelo, por favor.

-Jamás, Marina, un buen capitán nunca se quita el sombrero.


Y sin más se levantó de la butaca, apretujó la lata de Cocacola y la tiró en un papelera que había en la habitación. Después, salió por el umbral de la puerta.

Pasaron semanas hasta que le volví a ver.