lunes, 6 de septiembre de 2010

Calor


-¿Seguro que es aquí?- dije poniendo cara de duda pues estábamos entrando en la portería de un bloque de pisos, que dejaba mucho que desear, por cierto.
-Sí, está en el tercer piso- contestó mientras abría el ascensor dejándome pasar a mí primera.
Empecé a tener miedo: ¿Y si no era de fiar? ese era uno de los últimos sitios en los que alguien desearía estar a solas con un desconocido. Busqué maneras de escapar por si las moscas pero no encontré ninguna ventana ni ninguna puerta trasera, estaba totalmente atrapada.
O también cabía la posibilidad de que fuera un cerdo pervertido y me estuviera llevando a su piso donde él querría pasar al postre directamente y aunque yo me resistiera tendría que acabar complaciéndole pues no había escapatoria ninguna. Me temblaban las piernas.
Miguel, si es que él se llamaba así, picó al timbre que estaba al margen derecho de una puerta pintada de granate con la pintura saltada, en ella habían cinco cerraduras distintas y ninguna de ellas parecía estar en desuso. La luz de la escalera se apagó. De dentro del piso empezaron a oírse pasos, eran muy lentos, estaban cada vez más cerca y cada paso que escuchaba hacía que me diera un vuelco el corazón, se escuchó el ruido del abrir de una cerradura, dos, tres, cuatro y cinco cerraduras... la puerta se abrió.
-Hola, muy buenas noches, ¿Venís a cenar?- nos preguntó con una simpática sonrisa un hombre de unos 67 años, bajito, con una panza enorme y con un tono de voz que enseguida te transmitía confianza. Los dos afirmamos con la cabeza. -Pues pasad, no os quedéis ahí. Nos quedan dos mesas libres, una en el salón y la otra en el balcón, ¿Cuál os apetece? con la calor que hace os recomiendo la del balcón.
-Pues esa mismo, ¿Te parece bien, Marina?- me preguntó Miguel con una sonrisa casi angelical que disipaba todas las dudas y los miedos que había tenido al entrar en el bloque de pisos.
-Claro, me parece perfecto.
-Acompañadme por aquí. Vaya Miguel, hacía mucho tiempo que no te pasabas por aquí. La última vez viniste con esa chica de las muletas, ¿Carla se llamaba?, parecía simpática pero veo que la cosa no funcionó... te confesaré algo, la chica con la que vienes hoy parece aún más simpática y en guapura supera con creces a la otra. Y voila, esta es vuestra mesa.
Así que este restaurante era donde Miguel trae a todos sus ligues. Por Dios, y tonta de mí estaba empezando a sentirme especial.
La mesa era preciosa, era bajita, de madera de cerezo, tenía un mantel de colores azules que recordaban al mar después de una tormenta de verano, seis velas pequeñas, redondas y de diferentes colores la decoraban y las sillas.... ¡no habían sillas! en lugar de sillas habían dos cojines uno magenta y el otro lila.
-¿Cuál prefieres?- me preguntó Miguel, ahora estaba segura de que se llamaba así, mirándome a los ojos y después mirando a los cojines.
-¿Q... qué?- tartamudeé.
-¿Qué cojín prefieres?, ¿el lila o el rosa?.
-Mmm, me da igual, el magenta está bien.- e hice el primer intento de sentarme.
-¿Magenta?, es claramente rosa- bromeó mientras se sentaba en el lila.
-Sí, un daltónico diría exáctamente lo mismo- dije en el segundo intento, la falda me apretaba demasiado y no podía cruzar bien las piernas.
-¿Puedes?, espera moveré la mesa y así...
-Oh no no, no hace falta, es sólo... falta de práctica, pero ya casi estoy, ayyyy, no pueedo- decía con la cara de una persona que hace días que no puede ir al baño- mmmmmmmm, sólo he de cruzar esta pierna y......¡¡¡RAS!!!- frené en seco y una pequeña brisa de aire empezó a colarse por mi falda. -Ayyy......-miré hacía me trasero y pude certificar mi peor presentimiento, la falda tenía un agujero enorme, me quedé con los ojos como platos, casi tenía ganas de llorar y no sabía qué narices hacer.
-Toma, átate mi suéter a la cintura.... vaya Marina, para serte sincero, no esperaba ver tanto esta noche- y empezó a reírse sin ningún tipo de pudor. No sé que cara le debí poner porque paró de reír en seco. -Escucha, haremos como si nada hubiera pasado, ¿verdad que ahora te puedes sentar cómodamente? pues sentémonos y disfrutemos de la cena, la noche y la compañía- sus palabras, su voz y sobretodo su mirada me convencieron y me senté dispuesta a disfrutar de la velada.
-Que no te engañe el lugar ni Emilio, el que nos ha acompañado hasta la mesa- me aclaró. -Emilio es un excelente chef, estuvo viviendo en Nueva Delhi durante 25 años y allí aprendió todo lo que sabe de cocina hindú. En un viaje a Nueva York conoció a su esposa, Charlotte y al poco tiempo decidieron abrir un restaurante hindú en el Soho, tuvieron mucho éxito y el restaurante recibió excelentes críticas y hasta hará un par de años aún seguía abierto e igual de exitoso, pero Emilio y Charlotte se cansaron del restaurante y decidieron venderlo e irse a vivir a Barcelona para disfrutar en plenitud de la vida, pero como puedes ver no han durado mucho sin dedicarse a su pasión y abrieron esta especie de restaurante al ver la nueva tendencia de los restaurantes semisecretos que hay en casas particulares, sobretodo de Gràcia, y de momento no les va nada mal.
-Vaya, nunca había oído esto de los restaurantes en particulares, me parece una idea brillante.
-Y lo es, es una idea buenísima. ¿Sabes qué vas a pedir?.
-Pues no tengo ni idea, lo más internacional que he comido ha sido una pizza, así que imáginate. Él me sonrió y me llenó el vaso de agua. -¿Me dejas que te recomiende?- preguntó con otra de sus sonrisas. -Claro- le contesté.
-¿Tienes alergia a algo?
-Sí, a la penicilina- contesté algo extrañada, ¿para qué quería saber a qué era alérgica?.
Esbozó una gran sonrisa. -No, digo alergias a algún alimento.
-Ah- me sonrojé. -No, no tengo alergia a nada, pero no puedo con los melocotones.
-¿Y eso?
-Bueno, digamos que me gustan pero me acaban dejando un mal sabor de boca, traumas de la infancia supongo.
-Vales pues pediremos...
-¿Qué es lo que hay en medio de la mesa? ¿Tacos?- le pregunté con curiosidad.
-No bien bien, son chapatis, es una especie de pan, ahora está frío pero si está caliente es un verdadero manjar untarlo con ghee que es una especie de mantequilla. Bien pediremos de primero palak paneer que es queso sin fermentar untado en una salsa de espinacas, está realmemte para chuparse los dedos y de segundo kheer.
-¿Kheer?.
-Sí, es un pudin de arroz con nueces y pasas, delicioso- me respondió mientras se relamía el labio inferior.
-Tiene muy buena pinta. ¿y de postre?.
-Barfi, es el postre rey en Delhi y por supuesto Emilio lo hace de muerte.
-De acuerdo, ¿y no vamos a pedir lassi?- le pregunté haciéndome la interesante.
-¿Lassi?- dijo arrugando la nariz. -¿Qué es?.
-Es una bebida lactea muy fría que sirve para acompañar las comidas picantes y será ideal para el palak paneer.- le contesté haciéndome la chula.
-¿Así que no tenías ni idea, eh?.
-Te lo confesaré, soy de York así que un poco sí que entiendo de comida india -mis cejas subieron a mi frente para hacerme la interesante.
-Vaya, así que lo más internacional era una pizza, ¿eh?.
-Exacto, por cierto, prueba superada.
-Buff qué respiro.-y después de decir esto silbó. ¿Querrás vino?
-No me gusta mucho el vino, la verdad. Mejor un refresco.
-A a a a a- negó. -Deja que elija, mis padres tienen una pequeña bodega y de pequeño correteaba por allí, así que de vinos sé un rato.
-Está bien, sorpréndeme - sonreí.
-Creo que un tinto semidulce irá muy bien con la cena, aquí tienen uno de mis preferidos, es de California y está hecho con uva White Zinfandel, ¿Qué te parece?.
-¿Perfecto?, no tengo ni idea. Ni siquiera sé la diferencia entre tinto y rosado.
-Pues no se hable más, lo apuntaré en la hoja. Aquí hay que apuntar lo que quieres en esta hoja y llevarlo hasta la cocina así el trato es más personal y el servicio más rápido.
-Vaya es otra muy buena idea.
Miguel se levantó a llevar la hoja hasta la cocina y me le quedé mirando mientras se alejaba, su pelo moreno peinado a lo Ashton Kutcher, su piel clarita, su camiseta verde lima, sus pantalones tejanos y sus zapat.... me olvidé de los zapatos y llevé la vista arriba, ¡pero qué culito!, ni grande ni pequeño, bien puesto y redondito, no pude evitar morderme el labio inferior aunque hubiese deseado poder morder otra cosa, se giró de repente y me pilló que casi se me caía la baba, me sonrió y se sentó en su cojín mientras cogía un trozo de chapati.
-La maceración- me dijo nada más acabar de masticar el trozo de chapati.
-¿Qué?- pregunté confundida.
-Es la diferencia entre un vino tinto y un vino rosado. El vino rosado es un vino tinto con poca maceración- Y dejó caer una de sus sonrisas.
Cogí un trozo de chapati para poder llevarme algo a la boca, no sé si iba a poder aguantar sin estampar a Miguel contra la pared y comérmelo poquito a poco, tenía mucha calor.
Marina

miércoles, 18 de agosto de 2010

Ojos verdes


21:37 barrio de Gràcia, llegaba tarde a la cena.


Sobre las 21:42 por fin encontré el restaurante "La casa di la pasta" estaba en un rinconcito de una calle bastante transitada justo delante de una fuente con un angelito y en el mismo edificio en el cual colgaba, de uno de los balcones, una sábana en la que en letras verdes estaba escrito "Gràcia lliure" pero no había ni rastro de él, del chico de las pecas.


Me asomé al interior del restaurante donde habíamos quedado, pero no vi ni rastro de él tampoco.... empecé a preocuparme... ¿No se habrá acordado?, ¿Estará escondido para reírse de mí?, ¿Se habrá arrepentido de haberme dicho de cenar juntos?.


Me decidí y entré en el restaurante, sentía que el corazón se me iba a salir por la boca.


El restaurante no era muy grande, pero era muy cuco. Estaba decorado con motivos italianos, entrar en él era como de repente estar en la Toscana, las paredes eran amarillas y en las esquinas, los bajos de las paredes y en algunas patas de mesa habían dibujados girasoles, la cocina, que estaba a la vista, estaba dentro de una pequeña caseta que había al fondo del restaurante cubierta por un tejado de color rojo, el suelo era de azulejos antiguos llenos de cenefas y el techo tenía antiguas vigas de madera de las cuales caían racimos de uvas negras. El olor a pizza y a salsa de cuatro quesos era el perfume del restaurante y desde el momento en el que entrabas era también el tuyo, embriagaba y te habría el estómago aunque antes estuviera cerrado con un candado como el mío. Pero él no estaba allí.
Salí del restaurante y decidí que si no aparecía en 10 minutos me iría tal y como había venido. En el tiempo que pasé esperando pasaron por delante mío una pareja de abuelitos que me preguntaron por un buen restaurante para ir a cenar esa noche y justo cuando estaba a punto de sugerirles el restaurante en el cual supuestamente iba a tener la cena con el chico de las pecas apareció él, el chico, negándome desesperadamente con la mirada, la cabeza y el dedo índice de la mano derecha:
-Mmmmmm... ¡No!, ¡No!-les dije a los abuelitos de manera exaltada y sin saber bien bien que hacer.
-¿No es un buen restaurante para cenar, bonita?-me preguntaron con cierto aire de sorpresa y duda en el rostro.
El chico de las pecas por detrás de ellos me indicó que les dijera que no.
-¡¡No!!, no es un buen restaurante, hay uno mejor calle abajo donde la comida es buenísima, la comida de aquí es vomitiva... buahhh, es un asco, de verdad.
-Bueno, pues gracias, iremos al de abajo- y se fueron cogiditos de la mano.
-¿A qué ha venido eso?- le pregunté al chico confundida y enfadada.
-Verás, yo soy camarero de ese restaurante y mi turno acaba a las 21:30, pero hoy han venido más clientes de lo normal y por eso me he retrasado, por cierto, ¿Has estado esperando mucho?- negué con la cabeza. -Menos mal, lo siento- se disculpó. -Y bueno, si hubieran entrado esos abueletes mi jefe me habría hecho entrar a trabajar otra vez.
-Vaya, que jefe más majo- le dije mientras le sonreía un poco tímida.
-No lo sabes tú bien- soltó de forma sarcástica y mientras se reía por lo bajo. -¿Te apetece que vayamos a cenar? ¿Tienes hambre?.
-Claro, me parece muy bien. Tengo mucha hambre- y no mentía en absoluto.
Empezamos a bajar por la calle y cuando llegamos a la esquina me di cuenta de que el súper restaurante al que había enviado a los dos viejecitos no existía pues no había ni un solo restaurante más en toda la calle, pobres.
-A la derecha- me indicó viendo que andaba un poco desorientada. Y bien, ¿Qué tal tienes el labio?, veo que ya puedes hablar como una persona normal- bromeó.
-¡Qué gracioso!-le dije en torno sarcástico. -No te imaginas lo que me dolía, por eso no podía hablar bien.
-Hombre, fue un buen porrazo el que te pegaste.... pero me amenizaste el trayecto en el bus- me dijo sonriéndome a la cara.
-De nada, me alegra saberlo- me atreví por fin a sonreirle.
-Ahora a la izquierda, no está muy lejos y se come muy bien. Por cierto, ¿Cómo estás ahora?.
-Pues... algo nerviosa- confesé.
-¿Nerviosa?.
-Bueno... teniendo en cuenta que por no saber de ti, no sé ni tu nombre....
-Es verdad, menudo fallo... no sabemos nuestros nombres, ¿Cómo te llamas?
-No, no... he preguntado yo primera así que has de..... vale, parezco una niña de nueve años, perdona... me llamo Marina- le dije mirándole a sus preciosos ojos verdes oliva.
-Encantado- nos paramos y nos dimos dos besos. -Yo me llamo Miguel- me dijo mirándome a mis aburridos ojos marrones. -Es justo aquí, espero que te guste la comida étnica.
Y entramos los dos en el restaurante.
Marina

sábado, 31 de julio de 2010

Con la piel de gallina

La cena se acercaba y yo estaba cada vez más nerviosa.
Ese sábado por la mañana invité a Tina a tomar algo en mi casa aprovechando que no había nadie y con la excusa de que necesitaba que me ayudara con unos asuntos de la universidad pero en realidad, y ella lo sabía, quería que habláramos sobre la cena porque ella era la única persona a la que le había explicado todo lo que había pasado y necesitaba poder hablarlo con alguien, quería que me diera consejos, que me dijera si iba bien vestida y si debía maquillarme o ir más bien natural, necesitaba que me dijera que iba a pásarmelo fenomenal, que sería un chico majo y que almenos sería una experiencia bonita para mí... sí, no sé que haría sin mi pelirroja preferida, adoro a Tina.
-¿Qué te vas a poner?- me preguntó mientras se comía una estupenda muffin de chocolate.
-No sé....- le contesté mientras abría mi armario.
-¡¡Mentirosa!! Sabes perfectamente lo que te vas a poner desde que saliste de ese autobús... ¿o es que acaso estoy equivocada?- en ese momento me di cuenta de que quizá pasábamos demasiado tiempo juntas, ¿Cómo me podía conocer tanto?.
-Dios Tina, esto no es justo. ¿Cómo puede ser que no se te pase una?, ¿Cómo puedes saberlo siempre TODO de mí?
-Ayyy pequeña mía....te conozco como si te hubiera parido... además eres muy predecible y ya sabes, nuestra conexión especial- me guiñó el ojo.
Le saqué la lengua.
- Y bien, ¿Qué te vaff a poner?- me preguntó con toda la boca llena de muffin.
-No se habla con la boca llena, no es nada sexy no poder pronunciar la "S"- le reñí, en plan de broma, claro.
-¿¿¡¡Quieres contestarme de una puñetera vez Marina!!??.
- Anda, y ahora me vienes con palabrotas.... ayyyy.... bueno, voy a ponerme la falda oscura tejana de tubo con la camiseta esa que tengo que es rosa pálido con escote de barca y de calzado... las sandalias de tiras y tacón altito que me compré contigo en Sitges.
-mmmm ¡qué sexy!... esa falda te hace un culo muy mono y no es muy larga precisamente... y con esos tacones... ¡¡irás tremenda!!- me dijo con los ojos como platos.
-Pues este modelito me lo reservaba para ti... pero como no me invitas a cenar nunca...- Le dije haciendo morritos.
-Pues cuando quieras nena- contestó de forma sexy y moviendo las cejas hacía arriba dos veces.
Le tiré una almohada a la cara y después saqué del armario la falda y la camiseta.
-Aaaaaaa, ahora entiendo porque no has comido ninguna muffin- Dijo mientras me señalaba con el dedo.
-A ver Sherlock, sorpréndeme.
-Bueno... es que últimamente has engordado un pelín- Soltó mientras se reía.
-Capulla...- Le dije mientras le tiraba otra almohada a la cara.
-jajajaja, es broma, ya sabes para mí sieeeempre serás la más guapa del reino.
-Gracias espejito.
-De nada mala bruja.
-¿Pero el espejito no considera que la más guapa es la Blancanieves?
-Sí, pero porque va salido. Además, siempre le dice a la bruja que es ella la más guapa del reino... lo de la Blancanieves es sólo un pequeño momento de debilidad que tiene.
-Una mala vida la de ese espejito- le dije en tono triste y enternecedor.
-No lo sabes tú bien... ¿Vas muy salida?.
-Tina, porfavor....-le protesté incrédula a lo que me había preguntado.
-No, te lo digo para que en la cena no confundas malas brujas con Blancanieves.
-Tranquila, no voy muy necesitada... mientras no me envenene ninguna manzana todo saldrá bien.
-Está bien...
Me empecé a poner o a enfundar la falda más bien, Tina tenía razón, había engordado un poquito desde que me compré la falda y ahora costaba entrarla.
-Dime Tina, ¿Parezco un chorizo?.
-Mmmmm no sé, no sé... más bien una morcilla.-sonrió.
-JA, JA muy graciosa. -le dije mientras me iba poniendo de los nervios.
-Estás preciosa, de verdad.- volvió a sonreir. -Ese chico va a ser muuuy envidiado esta noche.
-Vale, bueno, voy a maquillarme... ¿Tonos grisáceos o rosas?-pregunté.
-No no, sombra rosa tirando a naranja, colorete rosita pero labios marrón anaranjado, ¡Ah! la raya de los ojos gris y poquito rímel- soltó de carrerilla.
-Joder Tina, ¡Qué rápida eres!.
-Gracias- me dijo mientras pegaba el último bocado a la muffin.
-No, gracias a ti.... eres la mejor.
-Bueeno, sip, sip, sip... me lo suelen decir mucho. -¿Y qué?- preguntó.
-¿Qué de qué?- le dije mientras me ponía un poco de rímel en las pestañas.
-¿Qué esperas de esta noche?.
-Pues de momento espero llegar a tiempo al restaurante porque voy justa y encima no sé dónde está.
-Va Marina, ahora en serio... ¿Qué crees que pasará?
-Pues que hablaremos, comeremos, después saldremos a tomar algo y bueno, espero pasármelo bien con él y si puede ser... conocerle un poco mejor.
-Vale, pero acuérdate de la norma básica- me miró a los ojos y repetimos las dos a la vez: ¡Nunca en la primera cita!.
-Bueno, pues ya estoy... ¿Qué tal?
-¡Fantástica,! ¡radiante!, ¡espectacular!, ¡estás para mojar pan!- me dijo mientras salíamos de casa y yo cerraba la puerta con llave.
Mientras bajamos por las escaleras no nos dijimos nada, a veces los silencios dicen todo lo que no nos atrevemos a decir pero sólo una persona que te entienda de verdad es capaz de escuchar esas palabras mudas.
-Ten mucho cuidado, pásatelo genial, no bebas mucho y ¡disfruta!.- me dijo Tina mientras me miraba a los ojos.
-Te lo prometo.
Nos dimos dos besos y nos despedimos.
Ya mientras iba caminando y estaba a punto de girar la esquina escuché: ¡-¡¡Marina!!!, cuando llegues a casa llámame, ¿¿¡¡Entendido!!??, quiero saberlo absolutamente TODO, sea la hora que sea- era Tina, como no, le asentí con la cabeza y le guiñé el ojo, pensaba hacerlo igualmente aunque no me hubiera dicho nada.
Eran las 9:10 y estaba claro que iba a llegar un poco tarde, empecé a ponerme nerviosa y me vino una brisa de aire, en ese momento la piel se me puso de gallina.
La cena estaba muy cerca.
Marina

viernes, 9 de julio de 2010

Con la cabeza en las nubes...


Salí de aquel examen aún con el labio dolorido pero había conseguido detener del todo la hemorragia, fue salir del aula y olvidar absolutamente todas las preguntas del examen, las respuestas, algunas acertadas y otras improvisadas, que había escrito en esa hoja que ahora veía en blanco.

¿Debía ir a la cena? al fin y al cabo, sólo era un chico más de los muchos con los que me cruzo en el autobús , quizá se había quedado conmigo y no iba a existir nunca tal cena si no que me quedaría como una idiota en la calle esperándolo mientras él y sus amigos se cachondean de mí, quizá quería estafarme de alguna manera o sacarme el dinero diciendo que pertenece a una ONG que necesita mi ayuda o que necesita dinero para vivir porque no encuentra trabajo y se pasa el día con el culo pegado en el sofá, quizá él sólo quiera recuperar su pañuelo o puede... sí, seguro que era eso, él era un líder de una secta de éstas que te chupan el celebro, seguro que me diría que soy una de las elegidas para subir a una nave que nos iba a llevar a un planeta mucho mejor, o tal vez... exista la ínfima posibilidad de que, bueno que es absolutamente improbable, pero... quizá él me quiera conocer, ¿No?, no, no puede ser, ¡¿Cómo me va a querer conocer con el circo que monté en ese autobús?!.

Faltaban tan sólo cuatro días para esa cena, estaba preocupada y feliz a la vez, cosa que me provocaba un estado de confusión que no me dejaba dormir bien por las noches, me pasaba el día diambulando como un zombie por casa, se me hacía un esfuerzo enorme el abrir la boca para comer y en clase parecía que necesitaba grandes grúas para levantar mis párpados pues parecía que éstos pesaban toneladas... pero hubo una ocasión en que esa grúa no hizo bien su trabajo:

-¡Marina!, ¡Eh!- no hubo respuesta por mi parte.

-¡Marina!, ¡Eii, despierta!- no hubo respuesta.

-¡¡¡Marina!!!, ¡Venga despierta!- otra vez no hubo respuesta....

-¡Vamos Marina!.

-¿¡Qué!?, ¿Qué pasa?- al fin contesté, aunque yo no era consciente ni de quién me llamaba ni de dónde estaba.

-¡Menos mal Marina! ¡me estaba sintiendo como la abuela de Tom Sawyer al principio del libro!- Era Cristina, a Cristina le encanta leer, de todas las personas que conozco ella es la que más libros ha leído y cada vez que puede alardea de ello.

-Bufff gracias Tina, me había quedado totalmente dormida y no es que pueda echarme una cabezada en clase de psicofarmacología con la estirada de la Pelaez.

-No se merecen, pero ¿Por qué vas tan cansada? llevas un par de días que pareces un zombie- Sí, Cristina es como el gran ojo de Sauron, todo lo ve y de todo se da cuenta.

-Si te digo la verdad, no lo sé ni yo... o prefiero no pensar que estoy así por lo que creo que estoy así- estaba claro que quería hablar de ello con Tina ya que ella seguro que sabría qué hacer y por eso dejé caer esa respuesta que no dejaba lugar a dudas a la pregunta que ella me haría a continuación.

-Ay Marina... ¿A quién has conocido?- Dios, Cristina se había adelantado, había ido más allá, ¿Cómo había podido saber que había alguien? definitivamente, Cristina iba a ser la mejor psicóloga de nuestra promoción o tal vez, la mejor de toda nuestra generación, en fin, no supe que contestar y me puse nerviosa....

-¿Por qué tiene que haber alguien?- protesté.

-Pero lo hay, ¿Verdad?- me acusó.

-Puede...- me ofendí.

-Marina, cuando tú creas oportuno cuéntamelo pero ve con ojo, ¿Vale?, ya sabemos lo que ha pasado otras veces y ya sabemos que te haces siempre muchas ilusiones, trata de mantenerte con los pies en la tierra ¿Entendido?.

-Entendido Tina- A pesar de que me fastidiaba sabía que Tina tenía razón y que no había sido ni una vez ni dos, las veces que lo había pasado mal por culpa de un chico.

-¿Cuándo le vas a ver?- me preguntó.

-Este sábado, hemos quedado para cenar algo por Gràcia.

-Mi aviso no llegará tarde ya, ¿no?.

-¡Qué va Tina! ¡Es sólo un chico más! Nos hemos gustado el uno al otro, ¡Eso es todo!.



¡¡¡Y cuánto nos habíamos gustado!!!


Marina

miércoles, 30 de junio de 2010

Es cosa del destino


Esa voz, la voz que detuvo el mundo o al menos, mi mundo.
Miré a mi alrededor, nada ni nadie se movía, no se escuchaba absolutamente nada.
El autobús había frenado, el bebé que hasta ahora estaba llorando cesó su llanto, los coche de alrededor no se movían y la señora que llevaba todo el trayecto abanicándose dejó de hacerlo, de repente...
-¡Eh!, ¿Estás bien?- Me dijo la voz.
Entonces me di cuenta, el autobús se había detenido porque había llegado a una de sus paradas, el bebé no lloraba porque al fin su madre se había dado cuenta que lo que le pasaba es que necesitaba mamar, los coches estaban parados porque el semáforo había cambiado y ahora estaba en rojo y la señora había dejado de abanicarse porque, y ya era hora, el sistema de aire acondicionado del autobús había decidido volver a funcionar. No había pasado nada especial, el mundo no se había detenido, de hecho, a mi parecer iba más deprisa.
Me di cuenta de que debía contestar a su pregunta o el dueño de esa voz pensaría que era una boba, aunque quizá estaba en lo cierto.
-Xi, eshtoy bieng, grachiax- Fue mi ridícula contestación, me sentí el ser con más mala suerte del universo, ¿Por qué?, ¿Por qué me estaba pasando eso a mí?, tenía delante al chico de las siete pecas en los brazos, al chico de la voz y yo no era capaz ni de mantenerme en pie ni de hablar con normalidad pues el corte del labio aún me dolía y escocía mucho.
-¿Siempre hablas así?- me preguntó en tono de burla, pero no una burla como cuando un niño se ríe de otro porque a éste se le ha caído todo el cucurucho al suelo, no, era una burla simpática, agradable, una burla para romper el hielo. Pero yo, que sólo sé romper mis labios, no supe qué contestar para parecer tan simpática y agradable como él y opté por la más fácil postura que es a su vez la más estúpida, la postura de la indiferencia.
-No, claro que no... por xi no te hash dado cuengta, tengo el labio fatal, oh no......... .
-¿Qué sucede?- me preguntó.
-Que tengo un exámeng muy importante y no puedo faltar.
-Pues espero de verdad que por tu propio bien no sea un examen oral. Bueno, esta es mi parada. Ha sido un placer conocerte y espero que cuando nos volvamos a ver no te vuelvas a caer ni cosas por el estilo.
-¿Volvernos a ver?- Le pregunté nerviosa y a la vez infinitamente feliz.
-Claro, aún tienes mi pañuelo y éste tiene un gran valor sentimental para mí, así que quieras o no me lo tendrás que devolver en la cena.
-¿Qué cena?.
-Nuestra cena- Me contestó con una sonrisa simpática e interesante y con tal profundidad en su mirada que me dio la sensación de que podía hasta bucear en ella.
-¿Y dónde y cuándo se supone que será? -Le pregunté con la más enorme curiosidad.
-Tranquila, sé que eres lo suficientemente lista como para saber, antes del sábado a las nueve y media de la noche en el restaurante "La casa di la pasta" de Gràcia, dónde y cuándo será nuestra cena, porque lo nuestro aunque te pueda parecer un tópico es cosa del destino.
Y sin más se apeó.

Entonces el tiempo dejó de ir tan rápido, aunque seguramente lo que había ido tan rápido eran los latidos de mi corazón, y volvió a la normalidad.
Y allí me quedé, en el autobús con el labio que me escocía, la mochila de la universidad, el bolso, los libros los cuáles contenían la materia de la que me iba a examinar y su pañuelo.
Fue en ése momento cuando me di cuenta de todo lo que había pasado y de que quizá no había tenido tanta mala suerte como me había parecido al principio.

Marina

sábado, 26 de junio de 2010

Nuestro melocotonero


En el jardín de mi antigua casa de York teníamos un melocotonero, si hay algo que hecho realmente de menos de mi ciudad natal es ese árbol.

Recuerdo muy buenos momentos a su lado, cuando yo tenía muy pocos años de vida mis padres me leían cuentos a los pies del frondoso melocotonero para que me durmiera bajo su sombra. Recuerdo también que cada domingo de los meses de verano íbamos a la piscina del barrio residencial y al volver, siempre nos esperaba un gran vaso de zumo de melocotón, jamás he probado un zumo tan y tan dulce como aquél. Ya cuando me hice más mayor mi padre colgó un pequeño columpio que mi abuelo, Marc, nos había hecho para que pudiéramos jugar mi hermana y yo.

Fue mi hermana la que quiso plantar ese árbol después de que se llevara el disgusto de su vida al ver como sus amigos y el niño que por aquel entonces le gustaba dejaban de ir a su fiesta de su quinto cumpleaños para ir a la anunciadísima merienda que organizaba la familia de la niña más rica, guapa, lista, arisca y con los mejores juguetes de su escuela para presentar a los vecinos a un nuevo miembro de la familia, un limonero.
Mi hermana, que estaba muy triste le contó lo sucedido a nuestro abuelo y él, que siempre fue galán de su gran dote para la palabra y para decir justo lo necesario le dijo lo siguiente: -Cariño, esa niña podrá tener el mejor limonero del mundo pero sus limones siempre serán ácidos y necesitará de azúcar para poder endulzar sus zumos, pero tú no necesitas nada más, no necesitas otras cosas para endulzar tus zumos, pues un melocotón siempre ofrece dulces zumos. No bastó nada más que esas palabras para devolverle la sonrisa a mi hermana, acto seguido mi abuelo llevó a mi hermana hasta una floristería y allí compraron semillas para plantar un melocotonero que no nos traería nada más que felicidad.

Desde entonces, ese melocotonero y mi hermana crecieron juntos, cada vez ellos eran más altos, tenían más hojas, eran más fuertes y resistían más a los fuertes vientos pero un día como otro cualquiera, el melocotonero dejó de crecer y más tarde se marchitó para siempre y de la misma manera que él, también lo hizo mi hermana.


Marina

domingo, 6 de junio de 2010

Una voz



Es curioso como los instantes más apasionantes de tu vida suelen ser también los más torpes.

Un caluroso día de finales de febrero (sí, el tiempo estaba loco) me encontraba esperando el autobús que me lleva a mi universidad con los nervios a flor de piel y memorizando unos libros que había abierto demasiado poco, tenía un examen muy importante para el cual no había estudiado lo suficiente y para el cual por culpa de mi despertador iba a llegar tarde.

Se me hizo eterna la espera así que para relajarme y entretenerme busqué en el bolso a mi mayor vicio, allí estaba ella, tan elegante con su lazo azul, tan delgada de piernas y tan redonda de cabeza, dura pero dulce a su vez, allí estaba mi piruleta. Las colecciono, tengo decenas de piruletas en mi habitación, me gustan de todos los sabores y aunque más de una vez las he intentado dejar para bajar la factura del dentista, no he podido. Ese día mi piruleta era de kiwi y naranja, además ya llevaba en la boca un chicle de menta así que era la combinación ideal para tan sofocante día.

Después de 20 minutos de espera llegó el autobús, me costó sacar la tarjeta con la mochila en la espalda, los enormes libros de psicología de la personalidad en la mano izquierda, las gafas de sol en la mano derecha y mi bolso en el hombro, cuando por fín la encontré y pude acercarme al marcador para pasarla... ¡ocurrió ese segundo!, esos ojos suyos, la sustitución del sabor de mi chicle de menta por el sabor de sus labios, el olvido de mi importante examen, las pecas de su brazo y mi tembleque de piernas.... ¡PAF! me caí de morros al suelo, ¡¡maldito tembleque de piernas!!, mis libros volaron por el autobús y me cayeron encima una vez ya estaba tirada en el suelo, mi bolso quedó debajo de mi pierna clavándome las llaves de casa, mi mochila me pesó más que nunca, me tragué el chicle y mi piruleta... ¡me destrozó el labio!.

Fue horrible, no me paraba de sangrar el labio, estaba manchando de sangre mi blusa preferida y para colmo se me había roto el pantalón. La gente, además no ayudaba, unos intentaban disimular la risa, otros iban dormidos y otros, los peores, pasaron de mí.
Yo con mi autoestima por los suelos me levanté, recogí mis libros, me coloqué el bolso, dejé la mochila en el suelo y maldije con todas mis fuerzas a aquella estúpida piruleta de kiwi y naranja.

Pero entonces me di cuenta de que había hecho el ridículo más grande de toda mi vida delante de uno de los pocos chicos que me quitan la respiración con tan sólo mirarlos y que encima él había sido espectador de honor a tan lamentoso circo pues lo había podido ver con todo lujo de detalles. Bien, Marina, muy bien, olé por ti.

Y entonces, cuando parecía que iba a ponerme a llorar allí en medio por el ridículo hecho y el dolor que sentía en mi pierna y en mi hinchado, sangrante, entumecido y roto labio...... una voz: -¿Estás bien?, toma un pañuelo, tápate bien el labio para parar la hemorragia, menuda caída.


¿Ocurriría un milagro?¿Podía la cosa mejorar?


Marina